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¿Se puede confiar en los rankings mundiales de educación superior?

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Aunque son útiles para medir aspectos como la investigación y el prestigio, los rankings universitarios también presentan limitaciones: aplican estándares de calidad poco claros, ajenos a la diversidad institucional, y además privilegian una lógica de empleabilidad más que el impacto social real de las universidades. Desde una mirada crítica, expertos de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) cuestionan su objetividad, sus lógicas de mercado y su escasa sensibilidad frente a la diversidad institucional y territorial del conocimiento.

Aunque los rankings globales –como QS, Times Higher Education (THE) o el Academic Ranking of World Universities (ARWU) de Shanghái– son herramientas relevantes para posicionar a las universidades en el escenario internacional, también presentan limitaciones importantes. El equipo asesor de la Rectoría de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) considera que algunos tienen ciertos criterios muy determinantes a la hora de obtener un puntaje, como es el caso de tener profesores, egresados o investigadores con premio Nobel o Medalla Fields (galardón más prestigioso en el campo de las matemáticas), o la cantidad de artículos publicados en las principales revistas indexadas del mundo como Nature.

Esta lógica refuerza lo que el equipo asesor denomina como un “centralismo académico global”, que posiciona en los primeros lugares a universidades de países como Estados Unidos, China o Alemania, mientras desconoce la producción de conocimiento en el llamado Sur Global: África, Asia, América Latina y Oceanía. Bajo estos criterios, muchas instituciones quedan relegadas no por falta de calidad sino por no ajustarse a estándares impuestos desde los centros de poder académico.

Otro concepto importante que mencionan es el de la objetividad, la cual no es clara para muchos indicadores, como los mencionados antes, y lleva a que los resultados dependan de los intereses y el enfoque del grupo o la empresa que está realizando la clasificación.

“La cuestión de la empleabilidad de los egresados de las universidades es un factor problemático. Generalmente se mide haciendo entrevistas a empresarios para ver qué universidad preferirían a la hora de contratar a alguien, pero este es un prestigio que se basa en la percepción, por lo que la educación superior considerada como de élite para tener determinado trabajo se concentra en un grupo específico, influenciado por las posiciones de los rankings”, indican los expertos de la UNAL.

Esto es importante evaluarlo de manera crítica porque no forma parte de la lógica que tiene la educación como derecho y bien común en la sociedad, lo cual es uno de los pilares que defienden instituciones como la UNAL, en el que no se busca que la educación entre en la lógica mercantil, pero esto se ve obstaculizado por la competitividad subjetiva de algunos escalafones universitarios.

Una medición global que no refleja la diversidad educativa

Por otro lado es fundamental señalar que estas mediciones también tienen múltiples puntos a favor para las instituciones de educación superior, como posicionarse en el ámbito nacional e internacional, facilitar el acceso a relaciones de cooperación y captar recursos de estos lazos y alianzas con otros países, lo cual es crucial para el desarrollo de las actividades diarias de estos centros educativos, debido a problemas como la desfinanciación que viven muchas universidades.

“En ese sentido, el conocimiento es mucho más que determinados procesos académicos y la lógica de los puntajes o las revistas indexadas, que están asociados con una productividad académica y estándares que desconocen los saberes y la diversidad que existe en países como el nuestro. También se cae en una jerarquización entre la educación técnica y tecnológica y la universitaria, en la que hay mejores y peores, pero esto no se debería medir así”, aseguran los asesores del equipo directivo de la UNAL.

Añadiendo que estos procesos de estandarización en los rankings dejan por fuera el valioso trabajo que hacen organizaciones como la Universidad Autónoma Indígena Intercultural, en Popayán, y muchas otras instituciones del país, que tienen conceptos distintos de prestigio o calidad, y que no se toman en cuenta.

En la misma línea, no hay indicadores claros que midan la relación o cooperación que hay entre instituciones de un mismo país, por lo que hay un vacío en el trabajo que existe con las regiones vulnerables, un rubro en el que la UNAL tiene una presencia considerable, pues su trabajo en 9 Sedes tiene un impacto social y científico que es necesario medir a fondo y de manera crítica.

A su vez, afirman que la estandarización de la educación vulnera la autonomía académica y financiera de las universidades, así como el gobierno universitario, porque dependiendo de los criterios y la forma en que se compongan estas mediciones, las instituciones orientan sus decisiones hacia ese punto, sin hacer un análisis a fondo de la calidad y lo que significa el prestigio, no solo como un valor de la educación, sino como un indicador del impacto que tiene la educación en la sociedad y las comunidades.

Por último, el equipo de la UNAL afirma que “por ello es necesario tener una perspectiva reflexiva y crítica sobre los rankings de educación superior, pues criterios asociados con tener premios Nobel en su institución o la alta publicación de artículos científicos, por ejemplo, sigue dándole más peso a las ciencias exactas y muchas veces deja relegada oportunidades a las ciencias humanas, sociales o al campo de las artes”.

Más que eliminar dichas clasificaciones, el desafío es comprender sus límites, complementar sus mediciones y construir sistemas de evaluación más inclusivos, que reconozcan la diversidad del conocimiento y el compromiso social de las universidades en el mundo.

Fuente: agenciadenoticias.unal.edu.co