En la apacible jornada del domingo
se abrazan los corazones en su rito,
tiernos unos, otros ya curtidos,
todos laten al compás del mismo grito.
Frente al abuelo, faro encendido,
brilla la sangre en su cauce bendito.
Las voces fluyen, el diálogo florece,
risa fraterna, chispa que no quema,
porque, aunque asome alguna fuerte o leve pena,
la familia unida nunca desfallece.
Sabemos dialogar juntos cada tema
y hacer del tropiezo una firme diadema.
El tiempo, gacela que no se detiene,
huye veloz entre historias y abrazos,
cada quien con su cruz y sus propios lazos,
pero el amor es el puente
que a todos juntos nos sostiene.
Y si alguno cae, el resto lo arropa,
abrazados en almas fraternas,
resolviendo cadenas,
corremos todos a opinar y ayudar a enderezar sus pasos.
Anécdotas fluyen como aguas de río,
viejas memorias, carcajadas nuevas,
cada palabra es un lazo que se eleva
en esta ronda que al corazón de todos encadena.
Y aunque haya penas que el alma mueva,
el calor del clan las vuelve rocío.
¡Qué dicha inmensa, a mis ochenta y uno,
poder oírlos, sentir que están presentes!
Cada hijo y su pareja,
nietos tiernos
y esas madres valientes
que también son parte del sueño,
revestidos en comunión.
Sólidos miramos el fruto evidente:
líderes, campeones… vuelo oportuno.
Aquí los veo con orgullo y ternura,
formados, forjados con alma de acero.
Que el amor les sirva siempre de sendero
cuando el mundo ponga su cara más perecedera.
Somos raíz, alas, camino sincero
y esta familia… mi dicha más pura.
No hay distingo en madre ni cuna primera,
mis hijos son todos mi orgullo y bandera.
Fraternidad pura que nunca se altera:
igual los cobijo, mi voz los espera.
Soy roca y abrigo, su guía sincera,
patriarca querido, raíz verdadera.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























