En el vasto laberinto del ser humano,
donde neuronas y hormonas entrelazan,
nace un susurro divino y lejano,
una danza eterna, una eterna calma.
Entre impulsos eléctricos y destellos,
la dopamina canta su dulce canción,
y la serotonina, con sus suaves trazos,
pinta un lienzo de paz, amor y emoción.
Las sinapsis, ríos de conexiones,
desembocan en océanos de conciencia,
donde el alma se baña en sensaciones,
y el espíritu navega en la presencia.
El cortisol y la adrenalina,
en su torbellino de lucha y batalla,
moldean montañas de fortaleza fina,
y en su fuego, el coraje estalla.
En este universo interno y sagrado,
donde el corazón y la mente se encuentran,
se tejen los hilos de lo amado,
y el alma se eleva, ligera, sin barreras.
Hacia el cielo, un viaje estelar,
guiado por el brillo de la luna,
el espíritu danza, comienza a soñar,
en el vasto cosmos de la fortuna.
Así, en el crisol de lo humano y lo divino,
las hormonas y las neuronas conspiran,
y el ser se transforma en verso cristalino,
llevando al alma donde las estrellas respiran.
Enrique Canchola Martínez
Juno 17 de 2025 ECM37






























