Ahora caigo en cuenta,
con calma y sin prisa,
que muchas amantes,
musas de mi brisa,
no vieron mi cuerpo,
mi estatura discreta,
pero sí el fuego oculto que mi verbo sujeta.
Un hombre de escasa estatura, dirías,
bajito, chaparrito, ajeno a las vías
del atractivo común,
del físico aparente,
mas mi arma fue siempre la chispa en mi mente.
La clave, dirán, no fue cuerpo ni porte,
sino cómo las frases tomaron el norte;
cómo al hablar con firmeza y pasión
les desnudé con palabras hasta el corazón.
Mis ojos dijeron verdades sinceras,
de mi vida y la vida en noches enteras;
mi voz un susurro que rompe barreras,
mi saber, un compás que a su alma se aferra.
Desde antaño lo llaman sapiosexualidad,
un encanto que no mide la vanidad,
sino en la danza mental que entre líneas desarma
y convierte el deseo en una dulce alarma.
Hoy entiendo por qué mis conquistas pasadas
no fueron al cuerpo, sino a mis palabras;
soy un hombre que en el saber ha encontrado el sendero
y en cada amante, el reflejo de un juego sincero.
Soy un sapiosexual y en ello no hay duda,
mi intelecto desnuda donde la piel no acuda;
mi verbo en sus labios deja el fuego latente
y con cada palabra las hago fervientes.
De joven, mi propio atractivo, claro que tuve;
no en vano mi ego muchas alabaron.
Claro que porte y perfume siempre lo tuve,
y por muchas veces la conquista sostuve.
Hoy, ya de viejo, mi belleza física puede menguar,
pero es cuando entra la gracia y sabiduría de un sapiosexual.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta































