– La Historia Jamás Contada –
Este invierno que, como ya se siente, será bastante frío, me recordó el de 1989, además de la coincidencia entre fechas y días de la semana, circunstancia que se da cada 11 años, esto es, cada 6 y cada 5, aunque no con toda regularidad o monotonía, tal como este 2023, que se presenta a 33 + 1 años de aquél: cuestión de numerología calendárica, interesante entretenimiento matemático que ya no estará al alcance de niños y jóvenes brillantes gracias a la “epistemología sureña” que informa -o deforma- la nueva concepción oficial de la educación básica, cuyos promotores desdeñan abiertamente las matemáticas, las ciencias y el lenguaje, todo aquello que exige un esfuerzo de pensamiento lógico-abstracto, capaz de sistematizar, de modo que sólo queden conocimientos -o simples dogmas- dispersos, terreno fértil para la propaganda o el adoctrinamiento.
De vuelta al tema, resulta que ese año de 1989, por diversas circunstancias comencé a tener contacto e intercambio con personas dentro del Ocultismo, no sólo aficionados literaria o estéticamente a él y menos aún a las alusiones moralizantes que las religiones utilizan para traer de nuevo al redil a las ovejas en vías de “perderse” entre el Diablo, la Carne y el Mundo, como concluía Sor Juana sus célebres Redondillas.
El inicio mismo de todo esto, hasta donde recuerdo, fue la extraña pregunta que me hizo una estudiante de Psicología cunado mencioné la satanización del cuerpo que suele hacer la religión dominante pues ella, mirándome fijamente a los ojos, me preguntó sin ambages: ¿Crees en el Diablo?
El resto de la sesión, una de las que dedicamos a elaborar el cuestionario para una investigación sobre cine pornográfico, se desvió hacia las extrañas cosas que le sucedían, pero fue sólo el preludio de un caso mucho más intrincado y atemorizante que me llevó a “profesionalizarme” no sólo en los fenómenos como tales, sino también en las personas y personajes involucrados en ellos.
Paralela e independientemente de este encuentro, también conocí a un interesante personaje que también estaba en esto, pero de una manera más asertiva sin dejar de ser misteriosa, dotado además de una habilidad innata para hipnotizar y con conocimientos propios de un erudito sin serlo ni mucho menos, no por la vía académica.
Regresando al primer caso, recuerdo la noche del viernes 8 de diciembre de ese año, cuando la jerarquía católica aún no incluía en su santoral a la Virgen de Juquila y disfrutábamos por ello simplemente de tranquilidad, sin los persistentes, agresivos y dañinos para la salud física y mental cohetazos de fiesta pueblerina propios de ese medio “culturalmente desprotegido” (Monsiváis). Si acaso escuchando privadamente a John Lennon en su conmemoración, como nosotros tres, mientras bromeábamos y retozábamos sin mayores preocupaciones que la animadversión de mi cerrada familia, sin sospechar que era exactamente la víspera de un viaje al centro del horror que culminaría la madrugada del domingo 24 de diciembre.
(Una de las desventajas prácticas de las religiones constituidas es la creencia de sus (fieles) seguidores que TODO, sea arriba, abajo o más abajo, está bajo control con tan sólo seguir escrupulosamente los antiguos -o nuevos, recién inventados o adaptados- rituales para atraerse el favor de tan enigmáticas entidades, de cuya existencia ni siquiera se sospechaba antes de su sanción eclesiástica, aunque seguramente ya habían establecido contacto con algunos humanos escogidos, somo suele ser la regla. Personalmente prefiero los resultados de la investigación, por modestos y limitados que sean, cuando se trata de enfrentar en la Realidad lo DESCONOCIDO.)
Este relato continuará en otras entregas, pero antes de cerrarlo por ahora, quiero aclarar que por “épocas oscuras” me refiero a las invernales o casi, por ser eso: oscuras, frías y solitarias, cuando es fácil sentirse desamparado y vulnerable, uno de los motivos de la profusión de fiestas y reuniones con las que intentamos paliar la situación…
¡Hasta la próxima entonces!
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.






























