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Teoría política es el nombre del juego

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Imagen del sitio laizquierdadiario.mx

– La Historia Jamás Contada –

Durante todo el sexenio pasado, mucha gente que se suponía tenía experiencia de la vida, adoptó las expresiones “izquierda” y “derecha” al referirse, en la primera, a funcionarios del Gobierno, sus publicistas y aduladores, mientras que aplicaba la segunda a escépticos, críticos y opositores, dándose de alta -según ellos- como politólogos express, listos para opinar, pontificar y hasta regañar a los estudiosos.

Lo que me hacía recordar que ya en… ¡1982!, un gran amigo de entonces, Roberto Martínez Garcilazo y yo, emprendimos una revisión histórico-crítica de la Izquierda que conocíamos, partiendo del punto de referencia lógico que era el Movimiento Estudiantil-Popular de 1968, al que no se referían los Partidos “serios” de izquierda, afanados en cumplir escrupulosamente las reglas del juego electoral que el propio Sistema les estipulaba.

(No se requirió de un genio creativo autóctono para concebir e implementar un aparato político “democrático” a modo: bastó con aplicar aquí las técnicas de canalización de la disidencia ya ensayadas con éxito en el Primer Mundo que documentó Alan Wolfe en THE LIMITS OF LEGITIMACY (1977), cuando el auge de la doctrina de la “gobernabilidad de las democracias”.)

Durante el estudio comparado que realizamos del Movimiento mexicano respecto a otros contemporáneos, se evidenciaron algunas diferencias cruciales, como la ausencia de ideas en aquél, mientras que en otros como el alemán, el italiano, por supuesto el francés -al que Díaz Ordaz y los suyos temían como al Diablo- e incluso, aunque desde una perspectiva más difusa y “contracultural” (Roszak), el norteamericano, se dio una desbordante producción de ideas inéditas acerca de la sociedad, los estudiantes y los jóvenes como clase social y de novedosas categorías para el análisis de los fenómenos sociales, políticos y culturales emergentes… en una palabra, de TEORÍA.

En el mexicano, por el contrario, prevalecieron los elementos populistas y sentimentales de siempre, reflejados en películas como ROJO AMANECER y similares. Al no contar con una teoría propia que explicara, guiara y hasta justificara sus acciones, el Movimiento fue presa fácil de la “guerra sucia” propagandística implementada por el Régimen -como dice una de mis frases: “Si tú no explicas lo que haces, otro lo hará por ti, PERO EN TU CONTRA”-, uno de cuyos engendros más curiosos fue EL MÓNDRIGO, librillo que desarrollaba una intriga fantástica y delirante acerca de la vida privada de algunos connotados maestros universitarios. (La indignación moral para alienar a los simpatizantes.)

La falta de teoría entre los estudiantes movilizados los incapacitó para distinguir a los posibles aliados de los agentes disfrazados, cayendo fácilmente en provocaciones y emboscadas al confiar en quien no debían, como la mañana misma del 2 de octubre, cuando varios miembros del Consejo General de Huelga se entrevistaron con dos personeros del Gobierno, Jorge de la Vega y Andrés Caso, quienes les aseguraron que todo se arreglaría en los mejores términos con tan sólo pactar una tregua durante las Olimpiadas. Al anochecer… la masacre. (Un libro bastante ilustrativo del desprecio que la teoría les merecía a los estudiantes, es LOS DÍAS Y LOS AÑOS, de Luis González de Alba, uno de los líderes que asistió a la reunión de marras.)

Esta misma carencia de teoría sigue siendo el Talón de Aquiles de la Izquierda mexicana. Construirla requiere investigación y reflexión, pero también experiencia histórica y política reales, además de ponerla por escrito para que simpatizantes y activistas puedan orientarse y no echarse sin más en brazos del primero que se diga “de Izquierda”, como ha sucedido.

(De hecho, existe una curiosa correspondencia entre la intención inicial del régimen foxista de desdibujar el periodo liberal que siguió a la Independencia y reconducir la Historia hacia un país católico ideal y la tozudamente sostenida por la 4T de hacer lo propio con el izquierdismo libertario de los ’60 –’70 -una de las raíces de la llamada “transición democrática”- en favor de instaurar un “socialismo” (?) totalitario de la Vieja Escuela: tan alucinado un proyecto político como el otro.)

Tan sólo por eso resultaría práctico contar con un criterio eficaz para distinguir una cosa de otra -aunque tengan el mismo nombre- y no dejarnos llevar mediante equívocos y simulaciones a donde NO QUEREMOS NI TENEMOS POR QUÉ IR.

¿Qué opinan ustedes, atentos lectores?

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.