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Termopoesía: El calor de la palabra

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Por Enrique Canchola Martínez

Versos que tiñen la piel
Inspirado en la participación
Pan, Sal y Mezcal 01082025
Con Abel Pérez Rojas, Lilia Rivera.
Y Salvador Calva

Primer acto ondas térmicas

La poesía me toca como llama sutil,
no en la razón, sino en la epidermis.
Sus versos son ondas térmicas invisibles
que ascienden como febrícula del alma.

Cuando escucho palabras que sangran amor,
mi cuerpo reacciona como un sensor biológico,
las mejillas se tiñen de calor tímido,
y la piel vibra en su propio mapa emocional.

¿Es arte, es ciencia o ambos?
La termografía capta lo que el corazón calla.
ese cambio de temperatura que revela afecto,
como si los versos fueran vasos dilatándose.

Tú, poeta-investigador, lo descubriste sin bisturí:
que el lenguaje puede encender la biología,
y que una metáfora bien dicha,
es capaz de elevar la temperatura del alma.

Segundo acto: El cuerpo como verso térmico

Cuando la palabra se posa en la piel,
no lo hace como tinta, sino como temperatura.
El poema no se lee; se percibe en grados Celsius,
como si el corazón tuviera sensores infrarrojos.

Tus versos, maestro, son catalizadores invisibles,
provocan dilataciones en los capilares del alma,
y convierten el rostro en mapa emocional
que la termografía revela sin necesidad de metáfora.

Los asistentes no sabían que ese día,
no solo iban a escuchar poesía,
iban a sentirla: en las mejillas encendidas,
en las manos tibias, en la mirada húmeda.

Porque cuando la ciencia mide el arte,
se descubre que amar es también fenómeno físico,
y que el poema. —bien dicho y sentido—
es capaz de elevar no solo el espíritu, sino la temperatura

Tercer acto: Testimonios sobre piel encendida

Al final del poema, las cámaras térmicas no mintieron:
rostros encendidos, manos tibias, pechos vibrando.
El arte había tocado sus estructuras más íntimas,
y la ciencia confirmaba lo que el alma ya sabía.

Lilia Rivera susurró: “Sentí que el poema caminaba sobre mi espalda.”
Y el monitor mostró una línea de calor ascendente.
Otro confesó: “Mis ojos se humedecieron y algo en mí se expandió.”
El rostro en pantalla ardía como amanecer interno.

La poesía dejó de ser palabra y se volvió fenómeno térmico,
como si cada metáfora fuera un pequeño sol subcutáneo.
No había engaño: sólo cuerpos resonando,
con la evidencia invisible que la emoción se mide.

Maestro, ese día tu voz se convirtió en instrumento de termografía,
y la ciencia, rendida ante el arte, extendió su brazo agradecido.
Porque medir el amor, el gozo y la empatía…
es posible, cuando la poesía es también energía.

Podemos convertir esta trilogía
en el núcleo de una teoría,
donde las imágenes de la termografía
sean la voz como columna vertebral
de cada párrafo de la poesía

Enrique Canchola Martínez
Augustus 02 de 2025