Por: BrendaCarol Morales
Una lamentación que no grita, casi mística, un ritual que se transforma en búsqueda y anhelo.
Cuando Abel Pérez Rojas me dio la oportunidad de tener este espacio, le comenté que tenía la intención de, además de publicar a escritores del ámbito de Sabersinfin, incluir a jóvenes escritores. Me parece motivante brindar un espacio como este, en el que puedan ser leídos por muchas personas en Latinoamérica. Así que les comenté a mis estudiantes del profesorado de Lengua y Literatura. Hoy, me complace presentar a uno de ellos que respondió a mi llamado.
Se trata de Alejandro Alonzo, un joven de 25 años, estudiante del profesorado de Lengua y Literatura. Algo importante en un escritor es que sea buen lector y Alejandro lo es. Además, le gusta el buen cine y quiere unir estas pasiones: la enseñanza, la literatura y el cine, para demostrar que siguen vigentes. Trabaja como agente de servicio al cliente. Esto lo combina con sus estudios de profesorado. Como él expresa, «ansía el momento de dedicarse a la escritura». Espero que esta sea el inicio de una serie de publicaciones que lo encaminen a cumplir su sueño.
Comparto, entonces, el poema:
Lamentación por Astraea
Alejandro Alonzo
Te perdí…
Te perdí cuando llorabas cambios,
Te perdí cuando confundías disgustos
con bienvenidas.
Te perdí cuando aquellas bienvenidas que estiran piel,
calientan y suspiran en femenino.
Y ajustan cuerdas y expelen olores en masculino.
Ahora, dentro de supuesta libertad de verano,
añoro recuperar un beso tuyo.
Hallarte traté en historias de horror;
pero el precio de quedar sin aliento...
fue muy caro.
Hallarte traté en personas que expedían amor y confianza;
pero el precio de la dependencia...
fue muy caro.
Al final,
entre gota y gota de rocío amabar,
hallarte traté en la antigua alianza.
Origen escondido en mi recuerdo.
Una aurora de creación
precedida
por un ocaso del universo.
Mi búsqueda empieza.
Sonidos de petirrojos añoran nuestra alianza.
Tu respiración
en mi respiración.
Deseo no sea tarde.
Tarde cuando los inviernos que dañan las venas de Dafne,
la mujer griega,
arranquen la iniciación de mi alma.
Te perdí...
Te perdí...
Te perdí...
Romantizar poemas
agotan
canciones psicológicas.
Para.
Me queda,
lo que me queda,
trabajo para nuestro encuentro:
contrición y oración.
Como podemos observar, tanto el título como las anáforas de los versos iniciales hacen evocar un carácter casi místico en el poema, un ritual. Al inicio, el yo lírico enfatiza en esa búsqueda que puede ser de una persona amada como también de algo trascendente, una forma de pureza. Al relacionarlo con Astraea, la diosa de la justicia y la virtud, hace referencia a una presencia que está más allá de lo inmanente. Así, el carácter de la persona amada se reviste de una aura de idealización. También puede referirse a la sensación de pérdida de la inocencia primigenia del yo lírico. Esos «te perdí», más que la insistencia del dolor de pérdida, son una especie de invocación, casi una oración.
Además, los «te perdí», en los versos iniciales funcionan como eslabones de un proceso de autoconciencia. El yo lírico «descubre» en cada verso, qué fue lo que sucedió con el otro (amada, pureza, alma) y cómo él reaccionó o no ante los eventos. La ruptura inicia cuando no es capaz de acompañar el proceso de transformación del otro y, como sucede con toda relación que saludablemente se modifica, el que no crece junto al otro, lo pierde. Además, hay un malentendido emocional, cuando no se comprenden, hay una distorsión en la comunicación que confunde a ambos. Se acentúa esta incomprensión cuando, en la entrega íntima, cada uno parece enfrascarse en su propia dimensión femenina o masculina.
Después, en la libertad adquirida, quizá buscada o proclamada en un inicio, se da cuenta que esta no es suficiente. En los siguientes versos, la nostalgia se deja sentir, así como la búsqueda infructuosa en escenarios donde no podría haberla encontrado, los cuáles se convirtieron en horror, algo que pagó caro.
Luego de llorar la pérdida y de la búsqueda sin sentido, experimenta un estado más existencial y simbólico. En la forma, aparece una construcción semántica novedosa, no propia del español, «rocío amabar», un rocío dorado que sugiere la relación entre lo fugaz del rocío y lo duradero del ámbar, a la vez que sugiere una posible contracción de las palabras amar con ámbar. Por otro lado, menciona los sonidos de los petirrojos, esos pájaros que simbolizan buena suerte, amor, esperanza y renacimiento, para manifestar el propio deseo de retomar la unión. Ese deseo no está carente de temor: de que sea muy tarde y que se haya «petrificado» como sucedió con Dafne. Las anáforas casi al final, con ser las mismas, representan más que el descubrimiento inicial, el temor de que las esperanzas del reencuentro sean falsas y se confirme la pérdida.
Al final, en un tono de consuelo propio, el yo poético acepta lo que tiene a la mano. Con eso demuestra que ocurrió una transformación en él. Retomando el tono místico inicial, ofrece al otro (sea la amada, la pureza o su propia alma), como en un ritual de dolor y penitencia, su contrición y oraciones. En resumen, diría que el poema transita del yo doliente al yo penitente, transformado, en un proceso de conciencia.




























