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Un testimonio del 15 N en Puebla

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Estimado lector, le comparto que no pude resistirme a ser testigo de la marcha del pasado 15 de noviembre de 2025. No asistí a la marcha que tuvo lugar en la Ciudad de México, pues me encontraba en Puebla. Ahí, armado con mi cámara y un sombrero para el sol, me propuse ser testigo del acontecimiento. Sinceramente, me dije: “vamos, Hemingway o Camus fueron periodistas. Un acontecimiento como esos y mi tiempo libre son la motivación y experiencia necesaria para provocar reflexión y escritura.” Así fue.

Seguí la marcha, como quien estudia una manada en migración. Éramos el fenómeno social que se desplegaba en toda su realidad frente a mí y yo. No eran demasiados; no hay que exagerar, pero eran suficientes, imposible minimizar. El fenómeno, cual león en el safari, estaba ahí (“y ya está”, dirían unos amigos españoles). Como todo fenómeno, hay que darle espacio para existir, y para que exista uno fuera del fenómeno.

Siempre son claros todos en sus papeles. Yo era el seudo-reportero (si me permiten la generosidad). Se notaba mi inexperiencia, la torpeza de quien imita a quien sí le sabe o simplemente hace alarde de su “sentido común”. Había otros muy experimentados. Pero, en ningún momento dudé en quién era periodista (cual sea el nivel de audiencia o profesionalismo), quienes eran policía y resguardaban la marcha y quienes marchaban.

Incluso, eran perfectamente identificables grupos en la marcha. Primeramente, identifiqué dos: los amateurs (o villamelones, si me permiten la tauromaquia en el término) y los profesionales o experimentados. Los primeros eran mayoría y de ahí lo orgánico de la marcha: nadie les obligó a ir; iban como quien va al centro a pasear, se reconocían por integrarse casi al mismo tiempo a la marcha, vestidos de blanco, a la moda y en familia. Sencillamente, varios estacionaron sus coches y camionetas al rededor del centro y se fueron incorporando a la marcha. Por ello, la concurrencia al inicio no era relevante. Los segundos fueron los primeros en llegar, eran los expertos y los minoritarios. Iban con dos coches: una camioneta, donde cargaban equipo y personas y un pointer dorado que llevaba el equipo de audio. Ellos sí sabían marchar: iban con megáfonos, micrófonos, agua y hasta las consignas parecían desgastadas. Era raro ver en Puebla a dos clases sociales tan diversas gritando consignas y lisonjas unos a los otros (al menos escuché un par a favor de los campesinos expertos en protesta), iban hombro con hombro y del mismo lado de la banqueta; eso es decir mucho en Puebla.

Había otros grupos: vi chavos de gimnasio y señores marchando con zapatos Ferragamo, señoras enojadas y que descargaron lo que no se atreven regularmente a los policías (quizá proyectaban otros miedos), burócratas del Poder Judicial Federal, tenderos que apoyaban la marcha y otros que veían con recelo. Pero no hubo discordia, menos violencia. Es más, hubo cierta alegría.

Dentro de las cosas que más me llamaron la atención: las consignas. Hubo muchas y muy variadas en contenido, agravio y emisor. Hubo consignas por Carlos Manso y en apoyo a su esposa, la Señora Quiroz; escuché fueras a MORENA y reclamos de no ser bots y ser contados bien. Pero la que más me llamó la atención fue la de un conjunto de jóvenes. No eran muy grandes, parecían unos chavos de 18-19 años. Y gritaban: “Esta juventud actúa con virtud”.

En un par de ocasiones escuché la consigna de la virtud de esos jóvenes. Miré y sí: ahí estaba la famosa generación Z. No sabía en ese momento que estaba viendo al unicornio que no identificaron desde el poder: marcharon los jóvenes y con una consigna muy particular.

En ese momento paré. Traté de enmarcar la foto de aquellos chicos, pero no era una voz y no cabían todos en el cuadro. Tomé una foto de una marcha y seguí.

Pasó la tarde y la marcha. Acudí a un restaurante español sobre Avenida Reforma (muy buenas sus tapas de bacalao) y me puse a tomar notas a partir de lo visto y lo fotografiado. En ese momento, decidí no conocer los acontecimientos en CDMX y me concentré en lo que observé en el centro de Puebla. No dejaba de darle vueltas en la cabeza a la consigna de esos chicos. Me tranquilizó.

De yo haber gritado alguna consigna en mi vida habría sido en favor de la virtud (permítanme también esa generosidad). Y es que siendo un abogado, he visto mucha corrupción y desatinos por motivos muy alejados de la virtud, ese es mi punto de desesperación. Al menos, lo que sea que hayan reflexionado esos chicos del desastre de los últimos años rescata que: 1) se puede actuar diferente a otros y 2) no pretenden actuar de cualquier forma, dijeron con virtud. Esa es una declaración poderosa, pues exalta con vigor su diferencia al actuar. Y tienen razón: los de antes no fuimos lo suficientemente virtuosos; quizá por eso estamos así y esa consigna vale la pena ser tomada en serio y aplaudida (al menos concédanme esa). Ellos no gritan “sí se puede” ni “pueblo unido”; ellos actúan con virtud. Me parece que toman muy bien su papel en la historia de su país; al menos, hay responsabilidad en reconocer el acto propio y auto-exigirse la virtud que pregonan.

Si ahí estaba esa nueva generación, si esa fue su voz, la aplaudo, la saludo y le deseo éxito, el que no tuvimos los de antes. Me alegra que los que se integran a la vida política de México busquen la virtud. Y que no se les puede reprochar responsabilidad alguna que descalifique su argumento (eso que llaman calidad moral), Ojalá la encuentren y la guarden, que sean ejemplo, pues nos hace mucha falta. Además, se me hace buena propuesta: a la mezcla mexicana le falta virtud.

Hiram A. Cervantes, Escritor y litigante mexicano