El instante se ciñe a la insulsez con el morbo de la violencia; el espectáculo se prolonga hasta el hartazgo y la catarsis anestesia la conciencia. Detrás de la muralla de cristal se adormece la razón.
Corre el tiempo y surge la necesidad de indultar al pasado, de trasvolar hacia el futuro. Ya no hay vínculo que intermedie entre el tiempo y la eternidad; el vacío infernal acuna el letargo donde anida la embriaguez de la barbarie. El olor a sangre trasmuta en hedor, en indiferencia, mientras las aves carroñeras se comen los rostros. Lo que sigue no tiene forma, apenas la repetición vertiginosa de sucesos sin trascendencia, la muerte es tan solo un chorro de agua que escurre sobre los indicios de un cierto malestar; ininteligible ola hiperbolizada, eco sin más posibilidad que la de recrear el circo de Tánatos.
Los cuerpos desmembrados y la sangre volcada en el más allá no se mezcla con el rebosante y edulcorado plato de la cena.
Lejos del escenario y sin la necesidad de una arcaica pista de arena se transfiguran los juicios, la tecnología se ajusta a cada dedo. Sentados en un sillón, más o menos confortable, se resuelven los fragmentos del dilema. Todo es tan lejano, lejos la luna y su soledad: cuenca tesorera de repentinas ausencias.
¿Y para qué tanta violencia? El tiempo derrama sangre como respuesta; es un rio que transporta todo tipo de grandes y chicas naderías. Rojo al fin, la ola púrpura impone su supremacía. Buscando en el líquido viscoso que se forma en el olvido se encuentra la aseveración que a su vez gesta la interrogante.
“Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre.”
“¡Oh suma libertad de Dios padre, oh suma y admirable suerte del hombre al cual le ha sido concedido obtener lo que desee, ¡ser lo que quiera! Las bestias en el momento mismo en que nacen, sacan consigo del vientre materno, como dice Lucilio, todo lo que tendrán después.” Discurso sobre la dignidad del hombre. Giovanni Pico Della Mirandola.
El hombre provoca la espesura de su existencia, abrumado por la negritud de su silencio. Recluido en lo absurdo, golpea y se hunde en las paredes bofas que lo delimitan y lo van hundiendo víctima de su propio peso.
Lejos el bálsamo de Asclepio que dignifique el infortunio del hombre, el tumor crece y late de forma indeclinable; la soberbia pesa y el milagro de la grandeza humana supera su inteligencia: la maldad se hinca ante la bestia que ha escogido arrastrarse en el fango, el vientre que lo contuvo lo arroja fuera de la ley.
Poseedor del Lugar por antonomasia, como observador de la grandeza divina, se centra en la estrechez de su origen; deslumbrado, enmudece ante el delirio de recrearse a sí mismo.
Atascado en el infierno, pudiendo ser, se arrastra. Multitud sin juicio, sin memoria, sin libre albedrío. Los perros ladran a lo desconocido, así como el que no comprende.
La muerte acecha al hombre que hunde los pies y las manos en el fango. A pesar de todo busca liberarse de sus ataduras y salir a la luz que lo dignifique.
Regresemos al principio, miremos el esplendor de la casa de la razón:
“Auguremos esta paz a los amigos, augurémosla a nuestro siglo, auspiciémosla en toda casa en que entremos, invoquémosla para nuestra alma de modo que el alma se vuelva así morada de Dios, para que, expulsada la impureza con la moral y con la dialéctica, se adorne con toda la filosofía como con áulico ornamento, corone el frontón de las puertas con la diadema de la teología, y así, descienda sobre ella el Rey de la gloria.” (Ibidem)
Leticia Díaz Gama
Ganadora en el certamen Puebla en 100 palabras, concurso de cuento breve, segunda edición 2015, organizado por el instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (IMACP). Cuento premiado, El Sabor de la Vida.
Coordinadora del Círculo de Escritores Sabersinfin, colaboradora de la Revista Filigramma y gestora cultural en Sabersinfin.com




























