De la noche a la mañana
se encendió el deseo,
sin preguntar edades,
ni tiempos ni miedos.
Treinta años se deshicieron
entre tus labios,
como el reloj que al verde
detuvo sus pasos.
Me viste, te vi,
y fue un incendio sutil,
la chispa que transforma
lo profano en febril.
¿Fue mi arte amatorio
o tus ojos de fuego?
Quizá tu voz
que escurrió caricias al viento.
Casanova o alquimista,
no importa el nombre;
te hice miel la piel
y me bebiste como hombre.
Cada surco de tus caderas
gritaba mi nombre,
y mi boca en tu abismo
despertó un horizonte.
Tus piernas temblorosas
se hicieron cadenas,
amarrándome al calor
de tus lunas plenas.
El eco de tus gemidos
es un himno sagrado,
y entre sudores y jadeos
nacimos amantes soñados.
Tus mariposas revolotean
en mi pecho,
mentira que en tu vientre,
y mi lengua escribe
en tu piel su derecho.
Somos carne y poesía,
jadeo y eternidad;
en cada ola de pasión
se hunde nuestra verdad.
Y ahora aquí me tienes,
rendido en tu alborada,
sofocado entre tus muslos,
resucitando el alma.
Somos más que un amor,
somos hambre y locura;
y en este gozo infinito,
tú eres mi única cura.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta
































