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Por el ojo de la aguja

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Imagen por: Nick115 from Pixabay

Por: Abel Pérez Rojas

Ver poesía por el ojo de la aguja
es asomarse al mínimo latido del mundo,
un resplandor que apenas cabe —y, sin embargo—
se expande como un sol improbable
en la penumbra microscópica del instante.

Allí desfila, terco, el camello de lo imposible,
su joroba de fábulas roza el hilo del asombro,
mientras los mercaderes del oro mal habido
circulan arriba y abajo, indulgentes,
ignorando el temblor que enhebra la conciencia.

Quien ve poesía en todas partes
enciende con su mirada el reverso de las cosas;
las aceras cantan, los semáforos respiran,
y hasta el polvo danza un vals diminuto
bajo el aliento perfumado de la tarde.

Ese mirar es antesala de locura, dicen,
pero también un bautismo de rocío,
una hoguera oculta donde el Universo,
como un niño que despierta de improviso,
sorprende al alba con la boca llena de cantos.

Amar así, a primera vista, cada destello
—la grieta del muro, el trueno leve de un paso—
es consentir que la sangre guarde silencio
para escuchar, en su cauce, la voz secreta
que convierte el mundo en una médula de luz.

Ver poesía para abrir los ojos del alma
que están hartos de la gruta oscura carcelaria.

Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta