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Sobre el trabajo y la pereza

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Hace algunos años, cayó a mis manos “El derecho a la pereza” de Paul Lafargue. El libro argumenta que, ante la eficiencia que trajo la revolución industrial, los tiempos y recursos necesarios para producir se recortaron; sin embargo, las personas no pasan más tiempo en parques y plazas viviendo sus vidas. Pareciera que la mejora en la producción conlleva la reducción del esfuerzo, pero eso no siente en el obrero, cuya jornada no se ha reducido con motivo de la innovación.

Siguiendo lo propuesto por Lafaegue, el objetivo del progreso debiera ser el facilitar, mejorar, ampliar las posibilidades de subsistir en plenitud; lo que implica la posibilidad potestativa de experimentar lo que sea, incluyendo la pereza. En cambio, ese mismo progreso nos esclaviza, nos obliga a no parar.

No podemos parar. Necesitamos el celular más nuevo, contar con toda conexión y compatibilidad, vacacionar en el lugar de moda, conducir mientras el vehículo lee mi horóscopo y prepara alitas, lo que requiere cada vez más dinero; traducción: trabajo. Y sí, se produce más, se tiene más disponible para comprar; el circulo vicioso se conforma y no podemos parar. El progreso nos ha hecho esclavos, ya no tenemos la posibilidad de ser perezosos pues el trabajo no es suficiente para satisfacer nuestro deseo y una vida no alcanza para agotar lo que podríamos comprar.

Si ya no puedo disfrutar el producto de mi trabajo y beneficiarme del progreso social, del fruto de la colaboración humana que recorta tiempos y recursos necesarios para subsistir; entonces, ¿para qué trabajo? Y es que, dentro del disfrute y de la libertad en la autoría de mis acciones, tendría que caber la pereza, la posibilidad de no trabajar, de no ser productivo todo el tiempo. Porque si no soy libre de decidir cuándo ser y no ser productivo, es evidencia irrefutable de que soy un esclavo y el progreso no me libera, es otro pretexto de sometimiento.

No podemos parar. Lo digo porque cuando no se es libre para disfrutar un placer, hasta lo más placentero se vuelve tortura. Se dice popularmente en México que “el trabajo dignifica”, como un mantra para soportar injustas jornadas y tratos abusivos. Deberíamos dejar de enseñar eso; no todo trabajo es digno y no hay virtud en el trabajo que se vuelve tortuoso. La virtud radica en la libertad para producir, en el gusto de trabajar y en el amor al producto. Es virtuoso el panadero que se levanta con pasión y constancia temprano para cumplir su rol en el desayuno de cada mañana de sus clientes; de igual manera, cada oficio, profesión y ocupación esconde un disfrute que sólo está al alcance de quien ejerce con vocación. Pero, eso no se debe confundir con la explotación del trabajador y las condiciones materiales que le constriñen a vender su tiempo y trabajo. La virtud del trabajo se pierde cuando nos lleva a sacrificar todo lo demás. El oficinista que pierde dos horas en el transporte, no tiene hora de salida y no conoce las preocupaciones de sus hijos o su pareja, no es libre, pues no puede parar; no importa cuánto dinero o experiencias pueda disfrutar, no puede parar.

Soy un adulto joven que ya tiene experiencia de más de 10 años laborando, he sido testigo y partícipe del sistema de explotación al que llamamos trabajo, he trabajado con pasión y entrega y por ello sé que la virtud del trabajo se degrada a vicio cuando se trabaja sin la posibilidad de parar. Y es que ya no me creo esa de que sólo se descansa hasta llegar al panteón; veo las generaciones de mis padres, tíos y abuelos y no hay un descanso y disfrute en la jubilación, tanto así que nadie pareciera querer dirigirse para allá. Entonces, creo más en los Reyes Magos que en la justa jubilación como el único momento de la vida para descansar y disfrutar.

Estoy convencido: vale la pena resignificar y revalorar el trabajo. Éste sólo dignifica al ser humano en la proporción en la que permita la pereza y el disfrute, tanto del trabajo mismo como de su producto.

A todo esto, estimado lector, ¿en qué va la discusión de la reforma para la jornada de 40 horas? Por la naturaleza de mi profesión, rara vez he trabajado sábados y domingos (aunque casi siempre he tenido jornadas excesivas entre semana); no obstante, encuentro horrible el contexto en que otros trabajadores se encuentran. Por ello, comparto la exigencia de legislar para reducir la jornada laboral, pues en este país se ha desvirtuado el trabajo y se ha acentuado la explotación que conlleva. Me parece que hay una deuda política desde el congreso en este tema y es balón suelto para el siguiente periodo de elecciones. Se trata de abogar por el derecho a la pereza, como la confirmación y garantía de nuestra libertad individual.

Hiram A. Cervantes, Escritor y litigante mexicano