– La Historia Jamás Contada –
Por: Fernando Acosta Reyes
Es interesante observar a cada vez más personas atraídas por el barefooting o descalcismo como una opción legítima para practicarse ya sea en la intimidad del hogar u otros ambientes informales o casuales semejantes. Aunado, por supuesto, a las actividades que de por sí se realizan descalzos, como la natación, por ejemplo. Pero también algunas prácticas religiosas o próximas a éstas, como la meditación y el yoga.
Esto mismo era el estado latente de socialización descalza restringida o acotada que conocí a mediados de los años 60 a través de un cine norteamericano contemporáneo que retrataba un estilo de vida urbano despuritanizado, parte de una tendencia que iba exactamente en sentido contrario a la actual de la Era Trump.
(Por cierto, una fotografía callejera de 1967 tomada en Los Angeles, muestra a tres jóvenes conversando, incluyendo a una chica descalza recargada en un poste. En segundo plano se ve a una muchacha también sin calzado, mientras que a la izquierda de la foto se ve a un adulto joven caminando en las mismas condiciones. Ninguno de ellos es hippie -aunque era la época- sino jóvenes clasemedieros comunes. En la imagen aparece también una señal de tránsito que ahora nos resulta profética: NO RIGHT TURN (¡No virar a la Derecha!))
En la escena local, todavía a principios de esa década no era raro ver a los jóvenes corredores de barrio hacerlo descalzos, mientras que ciertas escuelas pretenciosas comenzaban a imponer el uso de los tennis y degradar el descalcismo a la categoría de castigo “infamante” (?). Es decir, “en el Principio fue la Ideología”. Luego vinieron todos los “argumentos”: que si médico, higiénico, cívico, ¿legal?, etc.

Cabe señalar que aquí nunca se llegó -al menos que yo sepa- a los extremos puritanos de Estados Unidos, como la consigna de NO SHOES, NO SERVICE o incluso la multa o el arresto, aunque nunca faltan las ocurrencias de algunas personas muy “celosas de su deber”, como en 2019, cuando al entrar a una tienda de artículos de oficina, el guardia de la puerta, un señor ya mayor, me preguntó un tanto alarmado: “¿A qué piensa usted que entró aquí?” “A comprar una calculadora científica”, le respondí, mirándolo fijamente a los ojos antes y seguí mi camino. La joven recepcionista me preguntó entonces qué artículo buscaba y me canalizó con el encargado de Electrónica sin mayor problema.
Pues bien, el principio de la socialización consiste en llevar al espacio público lo que solemos reservar a lo privado, compartiéndolo abiertamente con otras personas, quienes pueden verse motivadas a hacer lo mismo o algo parecido por así sentirse mejor, más plenas o realizadas.
En el caso de prescindir del calzado, se ha creado todo un laberinto de barreras ideológicas que, una vez internalizadas por los individuos, pasan a formar parte de su psicología, que desde entonces determinará sus reacciones. Así que una vez “instalada” masivamente esta barricada subjetiva, se objetivará como presión social sobre el individuo aislado, determinando lo que éste se permitirá expresar de sí mismo frente a la abrumadora mayoría de los demás.
Por eso son saludables tanto la presencia personal de los barefooters como sus expresiones habladas, escritas o gráficas que expliquen sus motivos, al igual que las descripciones o incluso teorizaciones académicas al respecto, ya que representan una corriente de aire fresco en el ambiente virtualmente cerrado -y viciado- generado por el tabú social.
Pero lo es aún más cuando son por sí mismas expresiones COLECTIVAS, como una reunión para convivir descalzos efectuada hace unos años en la CDMX y ahora mismo la carrera de montaña convocada para competidores descalzos que se realizará en Tlaxiaco, Estado de Oaxaca, el próximo domingo 9 de agosto, de la que nos enteramos gracias a la muy entusiasta y comprometida Marlen, quien además de sus logros como atleta descalza extrema, se ha posicionado como una consistente promotora de la experiencia del barefooting.
Sí, no sólo es posible incluir la práctica del descalcismo ocasional, frecuente o permanente en nuestro estilo personal de vida, sino también hacerlo SOCIALMENTE, extendiéndolo a (muchas) otras actividades PÚBLICAS, algunas incluso insospechadas, pues literalmente el suelo que pisamos es el límite y mientras podamos caminarlo, sentirlo y disfrutarlo, lo demás es una mera cuestión de adaptación.
“No es únicamente nuestra experiencia personal curtida por años de barefooting, sino principalmente la HISTÓRICA de las generaciones anteriores, imbuida en la memoria colectiva de la sociedad, la que nos proporciona un saludable sostén ideológico para perseverar, la misma a que pueden acudir quienes ahora se inician en esta práctica o están por hacerlo. Como con tantas otras tradiciones “perdidas”, sólo es cuestión de recuperar su rastro…” (De mi artículo de hace unos años EXPERIENCIAS DESCALZAS.)
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.




























