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«Tiempo y misterio», interpretación del poema de Carlos Pereira Cohen

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Por: BrendaCarol Morales

Esta semana continúo revisando un poco la introducción de la VII Antología Internacional de Poesía Sabersinfin.  Una de las frases dice así: «Y quizá esa sea una de las funciones más profundas de la poesía: recordarnos que, incluso en medio de la incertidumbre histórica, siempre es posible orientarse. Basta abrir el mapa de las palabras. Y dejar que la brújula de la sensibilidad marque el rumbo».

Esta idea conecta mucho con la obra y pensamiento de la filósofa española María Zambrano. Ella planteó la «razón poética» en auxilio a la idea de la razón pura. Esta no es suficiente para orientarse en los momentos de crisis histórica.

Para Zambrano, la palabra poética es un faro en la oscuridad. Este nos permite encontrar una guía interna para hacer más habitable el mundo exterior cuando se tambalea. Creo que coincide con Eugenio Coseriu, en que el ser humano se constituye y se comprende a sí mismo a través de la palabra. Para ambos, las metáforas no son anomalías del lenguaje sino una forma de conocimiento.

Considero que dichas posturas concuerdan con el rol asignado en la antología. La poesía se vuelve posibilitadora de caminos y respuestas para el ser humano. Cuando las certidumbres fallan, en la insuficiencia de respuestas que el conocimiento pueda brindar, el ser humano posee la vitalidad creadora. Puede permitirse las palabras que clarifiquen, ordenen, organicen y den una nueva dimensión incluso a la duda existencial.

Me gusta imaginar que en nuestro ser hay un pajarillo que necesita expresarse para ser y dar sentido a la propia vida. En medio de la más espesa niebla, usa las palabras para iluminarse. Así, logra atravesar las marañas de oscuridad. Lo curioso es que, una vez emitido su canto, este se refleja en otros que encuentran en sus palabras una acción liberadora, orientadora. De esa manera, ya no es solo de él. Los otros se apropian y resignifican las palabras, con lo que la acción creadora continúa.

Estimo que por eso los poemas de la antología parecen palpitantes, con sus lucecitas señalando posibles derroteros. Cuando los traigo acá, siguen brillando. Cuando los lectores los conocen, dejan que se instalen en su mente, los observan, los conocen, los «re-conocen» y los hacen suyos. ¡Qué hermoso pensar que nunca sabremos hasta dónde caminarán e iluminarán a otros! Y sin embargo… ¡lo harán!

No dudo que el poema de esta semana sigue esa misma trayectoria.

El autor: Carlos Pereira Cohen

Carlos es boliviano aunque reside en Mar del Plata, Argentina. Es médico, músico saxofonista, piloto internacional de yate, escritor, poeta y divulgador científico.

Se desempeña como secretario de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, filial Mar del Plata (SEP), del Centro de Escritores Argentinos y Latinoamericanos (CEAL) y de la Sociedad Iberoamericana de Poetas, Escritores y Artistas Plásticos (SIPEA).

Además, es columnista en radio y televisión, espacios desde los cuales comparte reflexiones literarias, científicas y culturales.

Tiempo y misterio

Quisiera conocer tu esencia,
comprender tu origen y destino,
el significado de tu presencia,
tener aptitud y dotes de adivino.
¿Serás imagen de la realidad
en este mundo sensible?
¿Conocer tu escondida verdad
será del mundo inteligible?
¿Serás el devenir de las opciones
en continuo cambio y evolución?
¿Verdades o infructuosas ilusiones
de causa, móvil y razón?
Tiempo arrogante en tu presencia,
¿eres y estás en la realidad
o solo habitas en la conciencia
como invento de la humanidad…?
Un principio habrás tenido
antes de la materia y el movimiento.
¿Tendrás un final de recorrido?
¿Cómo será el último momento?
No habría pasado si nada pasase.
No habría futuro si nada sucediese.
No habría presente si nada existiese.
¿Habría tiempo si esto ocurriese?
Tiempo insondable de mi universo,
condicionas la medida y el lugar
del espacio… y de mis versos
en la llana finitud de mi pensar.

Aspectos de forma

El poema está escrito en versos con rima consonantada y en algunas estrofas, siguiendo el esquema ABAB, no solo se conecta la rima sino también los conceptos. No es un poema que siga una métrica regular, sino lo que se conoce como polimetría. Las estrofas siguen el mismo patrón de 4 versos por estrofa. La estructura parece responder a la lógica de la temática. En el poema, se plantea un tema filosófico de larga data: ¿qué es el tiempo? y la estructura muestra la necesidad de organización y de contención de las ideas.

Figuras

La figura predominante es la personificación. El yo poético se dirige al tiempo como a una persona a la que cuestiona a lo largo de cada estrofa en busca de respuestas. Por ello, algunos de los versos son enunciados interrogantes. Asimismo aparece el apóstrofe, ya que el yo poético acude a este elemento abstracto para dialogar y preguntar.

Por otro lado, en una estrofa utiliza la anáfora: «No habría», para remarcar los tiempos que reconocemos los humanos, dando ritmo y énfasis al poema. También aparecen algunas antítesis para mostrar la coexistencia de ideas o conceptos opuestos y así enfatizar la duda existencial, por ejemplo: «origen y destino».

Además, aparecen varias adjetivaciones expresivas que añaden carga estética y resaltan cualidades intrínsecas, como por ejemplo: «escondida verdad», «continuo cambio», «llana finitud».

Campos semánticos

Uno de los campos semánticos es, obviamente, el relacionado con el tiempo: devenir, cambio, evolución, pasado, futuro, presente, tiempo. También aparece el campo del conocimiento y la filosofía: esencia, comprender, significado, adivino, realidad, mundo sensible, verdad, mundo inteligible, verdades, ilusiones, causa, razón, conciencia. Este campo refleja la búsqueda intelectual y el cuestionamiento del autor. Otro campo es el de la física y la existencia: materia, movimiento, principio, final, recorrido, universo, medida, lugar, espacio, finitud. Estas palabras sitúan al tiempo en una dimensión material o cosmológica

Interpretación del poema

Desde un inicio el yo poético se dirige al tiempo como a una persona, por lo que le brinda una presencia en su ideario. Pese a que lo cuestiona, lo da por sentado, no niega su existencia en principio. Más bien, se plantea un problema ontológico: qué y cómo es el tiempo. Al hablar de la «esencia», está abordándolo como un problema filosófico que busca responderse sobre el «ser» fundamental del tiempo.

Por otro lado, se plantea un problema hermenéutico y existencial. Si antes se pregunta qué es el tiempo, luego se plantea cuál es la razón de que exista en nuestra realidad. La palabra «presencia» implica que el tiempo no es una idea lejana. Por muy abstracta que sea, es algo que está de forma constante en nuestra existencia. El yo poético se plantea cuándo y cómo se instaló la idea del tiempo en nuestras vidas, con qué propósito estamos atrapados en ese flujo continuo. Además, me parece que muestra una tensión entre el ser y la nada. Si el tiempo está, pero ya no es y todavía no llega, ¿cómo es que tiene una presencia real algo que desaparece cada segundo? Posiblemente porque el cuestionamiento le resulta insondable, apela al deseo de ser un adivino que logre desentrañarlo.

El dilema ontológico se explicita cuando se contrapone el «mundo sensible». Este es esa realidad física que percibimos con los sentidos, en contraposición con el «mundo inteligible» que se refiere al mundo de las ideas. En Platón, esa oposición remite a lo cambiante y perceptible frente a lo que permanece y es inteligible. En el Timeo, el problema del tiempo resulta interesante porque se relaciona con el devenir del cosmos. Las Formas pertenecen al ámbito de lo eterno.

La referencia a Platón permite comprender el origen de esta oposición conceptual. Sin embargo, el poema no desarrolla una reflexión propiamente platónica. Utiliza esta tensión para explorar la naturaleza del tiempo, cuando pregunta por un posible origen antes incluso que la materia y el movimiento.

El yo poético se pregunta en qué plano de la realidad habita el tiempo. Si habitara en el mundo sensible, no sería una creación de nuestra mente sino un ente percibido por los sentidos, formaría parte del mundo material. En cambio, si fuera del mundo inteligible, podría ser una creación de las ideas que de alguna manera obliga a los sentidos a percibirla. El dilema parece no tener una respuesta y de allí que lo denomine «arrogante».

Para el yo poético, el concepto encierra una idea demasiado exagerada de su importancia. Por ello, considera que no es tan inabarcable o inconmensurable que no tenga un punto de inicio aún antes de ser percibido sensiblemente. Tampoco es imposible que no tenga un fin. El yo poético se mueve entre dos modos de aproximarse al tiempo: su experiencia concreta y su intento intelectual de comprenderlo. Experimenta el tiempo de dos formas: lo sufre en el mundo sensible ya que el cuerpo envejece, las cosas cambian, hay un posible «último momento». Y trata de comprenderlo a través del intelecto.

Aunque el poema no es un tratado filosófico, sí plantea algunos dilemas. Por un lado, hay un anclaje en el mundo sensible. Al hablar de materia, movimiento, recorrido, último momento, se usan conceptos pertenecientes al mundo sensible. Si el tiempo tiene un recorrido y un final, se comporta como una entidad física y lineal que se desgasta y termina. Aristóteles decía que el tiempo es «la medida del movimiento». No obstante, cuando el poema señala que el origen del tiempo podría darse incluso antes del movimiento, introduce una hipótesis que entra en tensión con la concepción aristotélica.

El yo poético da un salto hacia una cuestión metafísica cuando plantea una paradoja: «Un principio habrás tenido / antes de la materia y el movimiento». Si el tiempo tuvo un principio anterior a aquello que reconocemos como realidad física, ¿cómo podría existir antes de que existieran los acontecimientos que permiten experimentarlo? La pregunta desplaza el problema desde la experiencia hacia las condiciones mismas de nuestra percepción de la realidad. En este punto encuentro una posible resonancia con Immanuel Kant, para quien el tiempo no procede de la experiencia, sino que constituye una condición a priori de la sensibilidad que hace posible experimentar los fenómenos como sucesivos y temporales.

Luego de mostrar la paradoja, el yo poético la desmantela. Subordina el tiempo a los hechos materiales y así, desvanece la frontera entre lo inteligible y lo sensible. Para ello, sutilmente deja de dirigirse al tiempo y lanza algunas afirmaciones en las que aplica una lógica de causa y efecto. Parece proponer que, para que existan las categorías mentales del tiempo: pasado, presente y futuro, primero tienen que ocurrir hechos sensibles: pasar, suceder, existir. Si no se dan los cambios físicos, se eliminan las categorías del tiempo y con ello, el tiempo.

Al utilizar las anáforas y una estructura gramatical idéntica en los tres primeros versos, el yo poético pareciera «acorralar» al lector. Sugiere, como consecuencia lógica que, sin acción que quede atrás, sin expectativa de cambio o sin una realidad material, se borran las dimensiones que comprenden el tiempo. Y como estocada final, culmina con la pregunta retórica: «¿Habría tiempo si esto ocurriese?»

Por supuesto, la respuesta implícita es «no». Si vaciamos al concepto tiempo de sus tres cimientos, este se desmorona y se disuelve. El tiempo no es una entidad independiente que flota en el mundo inteligible esperando a ser llenado de cosas, como sugería Newton. Aquí, plantea que el tiempo aparece ligado a la existencia, al cambio y a los acontecimientos. Si no hay nada existiendo ni cambiando, el tiempo deja de ser real.

El yo poético nos ha llevado por un recorrido filosófico y, en esta estrofa, la reflexión puede relacionarse también con la concepción relacional del tiempo. Para Albert Einstein, las medidas espaciales y temporales no son absolutas, sino que dependen del estado de movimiento del observador. Esta idea tiene resonancia con el relacionalismo de Leibniz, para quien el tiempo no es una cosa en sí misma, sino un orden de sucesiones entre los acontecimientos. Desde perspectivas muy distintas, ambos planteamientos permiten iluminar la intuición en el poema: el tiempo no puede pensarse completamente al margen de aquello que sucede en el mundo.

El poema se cierra conectando el macrocosmos con el propio microcosmos. Comienza calificando al tiempo como «insondable». Después del recorrido intelectual que busca aprehenderlo y someterlo a pruebas lógicas, se rinde ante el hecho de que la razón no puede abarcarlo. El tiempo deja de ser un objeto de estudio y pasa a ser un misterio íntimo. Además, el tiempo limita al arte y a la realidad. Influye en lo físico: el espacio, la medida y el lugar. Influye en la poesía: en el ritmo de los versos, cuánto tardamos en leerlos, etc. No se puede escapar del tiempo porque el poema mismo existe porque el tiempo avanza palabra por palabra.

El poema concluye con un golpe de realidad y humildad: el pensamiento humano es limitado y con un final definitivo. Esta paradoja hace ver que el ser humano, siendo como es, mortal y limitado, tiene la capacidad de pensar en lo infinito. Aunque esté condenado a no comprender del todo porque su propia mente es insuficiente y con fecha de caducidad.

En conclusión

El poema propone un recorrido filosófico para tratar de abarcar lo inconmensurable. Parte de las ideas puras, la ontología, el dualismo platónico, la hermenéutica, el relacionismo, entre otros, para concluir en la tierra de la experiencia humana. Trata de desmontar paradojas con tal de asir lo ininteligible. No resuelve el misterio del tiempo pero reconoce que su existencia es tangible en sus propios hechos y en su arte.

Como María Zambrano, Eugenio Coseriu, o lo que señala la antología, parece comprender que ante la incertidumbre, la capacidad creadora de la poesía es como un mapa que a lo mejor no brinda respuestas sesudas y razonablemente puras, pero brinda luces para encontrar un camino: el propio.

BrendaCarol Morales
 
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.