Marosa di Giorgio (María Rosa di Giorgio Médici) fue una destacada poeta uruguaya, nacida el 6 de noviembre de 1932 en Salto, Uruguay, y fallecida el 18 de junio de 2004 en Montevideo. Es considerada una de las voces más originales y singulares de la literatura latinoamericana del siglo XX.
Di Giorgio comenzó a escribir desde muy joven, pero no fue hasta 1953 que publicó su primer libro de poemas, “Poemas”. Sin embargo, fue con su segunda obra, “Los Papeles Salvajes” (1955), que obtuvo reconocimiento y consolidó su estilo particular.
Su obra se caracteriza por una estrecha relación con la naturaleza, la infancia y una imaginación desbordante que se mezcla con elementos surrealistas. Sus poemas a menudo exploran temas como la inocencia, la muerte, el erotismo y lo misterioso, todo en un lenguaje exquisito y sugerente.
A lo largo de su carrera, publicó numerosos libros de poesía, incluyendo “El árbol de las moras” (1962), “Magnolia” (1981) y “Historial de las violetas” (1998), entre otros. Su obra ha sido objeto de estudio y admiración tanto en Uruguay como en el ámbito internacional.
Marosa di Giorgio es reconocida por su capacidad para recrear mundos poéticos únicos, donde lo cotidiano se entrelaza con lo mágico y lo onírico. Su legado literario sigue siendo una fuente de inspiración para generaciones posteriores de poetas y lectores. (Fuente: ChatGPT)
A continuación el video de la mesa de análisis sobre la obra de Marosa di Giorgio en #Lunesdepoesíalunar. Coordina: Abel Pérez Rojas. Producción: Olivia Sesma Rascón. Con la participación de: Silvia Martínez Coronel, Mariela Peruffo, Sarahí Jarquín, Brenda Carol Morales e Ivana Szac.
Ellos tenían siempre la cosecha más roja, la uva centelleante
Ellos tenían siempre la cosecha más roja, la uva centelleante.
A veces, al mediodía, cuando el sol embriaga -si no, nunca
nos atreviéramos-, mi madre y yo, tomadas de la mano,
íbamos por los senderos de la huerta, hasta pasar la línea
casi invisible, hasta la vid de los monjes. La uva erguía
bien alto su farol de granos; cada grano era como un rubí
sin facetas con una centella dentro. Ellos estaban aquí y allá
con las sayas negras o rojas, y parecían escudriñar diminutas
estampillas, grandes láminas, o meditar profundamente sobre
el Santo de esos lugares. A nuestro rumor alguno dirigía
hasta nosotras la mirada como una flecha de oro o de plata.
Y nosotras huíamos sin volvernos, temblando bajo el inmenso sol.
Bajó una mariposa a un lugar oscuro
Bajó una mariposa a un lugar oscuro; al parecer, de
hermosos colores; no se distinguía bien. La niña más chica
creyó que era una muñeca rarísima y la pidió; los otros
niños dijeron: -Bajo las alas hay un hombre.
Yo dije: -Sí, su cuerpo parece un hombrecito.
Pero, ellos aclararon que era un hombre de tamaño natural.
Me arrodillé y vi. Era verdad lo que decían los niños. ¿Cómo
cabía un hombre de tamaño normal bajo las alitas?
Llamamos a un vecino. Trajo una pinza. Sacó las alas. Y un
hombre alto se irguió y se marchó.
Y esto que parece casi increíble, luego fue pintado
prodigiosamente en una caja.
Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio…
Los hongos nacen en silencio; algunos nacen en silencio;
otros, con un breve alarido, un leve trueno. Unos son
blancos, otros rosados, ése es gris y parece una paloma,
la estatua de una paloma; otros son dorados o morados.
Cada uno trae -yeso es lo terrible– la inicial del muerto
de donde procede. Yo no me atrevo a devorarlos; esa carne
levísima es pariente nuestra.
Pero, aparece en la tarde el comprador de hongos y
empieza la siega. Mi madre da permiso. El elige como un
águila. Ese blanco como el azúcar, uno rosado, uno gris.
Mamá no se da cuenta de que vende a su raza.
Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado…
Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se
alimenta de muchas especies y de sólo una. Las busca en la
noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande,
con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.
Misal de la virgen
-Usted nunca tuvo hijos.
-No. Aunque, un día, cuando era chica, surgieron de mí, de mi pelvis, tres
lagartos. En cartílago grueso y anillado. Tres.
-Eh.
-Sí. Iban por la hierba. Al parecer tenían ojos, pero no pude saberlo. Se
hundieron en el piso.
-Oh.
-Pero antes oí un alarido, como si dijesen: ¡Mamá! ¡Ay, madre! ¡Ay!
-Oh.
-No volvieron nunca. En el momento de la parición, salían de mis pechos (del
izquierdo y del derecho), una gotita de sangre y una gotita de leche.
-…!
Y ella quedó impasible. Y aunque era completamente blanca, pareció lo que
siempre había parecido:
Una princesa india, abajo de su anacahuita.




























