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Las palabras, poema de Cuquis Sandoval Olivas

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Por: BrendaCarol Morales

Hace unos días contemplaba una representación de la pintura de una pipa que hizo el pintor belga, René Magritte. En el polémico cuadro, el pintor escribió: Ceci n’est pas une pipe. Su intención fue hacer reflexionar a los espectadores. A toda vista, la imagen es de una pipa. Sin embargo, no es una realidad física. Magritte decía: «Y, sin embargo, ¿podría usted rellenarla? No, claro, es una mera representación. ¡Si hubiera escrito en el cuadro: “Esto es una pipa”, habría estado mintiendo!»  Si bien estaba hablando de una pintura —representación de lo que se puede ver—, se puede extrapolar a las palabras, representación de lo que se dice o piensa.

En ese sentido, es muy oportuno traer a este espacio el poema Las palabras, de Cuquis Sandoval Olías porque plasma allí sus apreciaciones acerca de las palabras. Este poema aparece en la VI Antología Internacional de Poesía SabersinFin.

Cuquis Sandoval es una escritora mexicana, quien ha publicado ocho libros y es coautora en más de cincuenta antologías. Es mediadora en salas de lectura y embajadora cultural de Casa E. y A.M. Además, colabora en revistas y es editorialista en El sol de Parral y la Revista Latina N. C. Forma parte del consejo editorial de la revista Pluma Mágica y ha compilado varias antologías.

Que lo disfruten.

Las palabras

Cuquis Sandoval Olivas

Viajan desde el interior
y pernoctan en el alma,
trastocan las estrellas en su manto,
dibujan en el firmamento
arcoíris de colores,
con tinta endeble de letras
que conforman las palabras

Se bañan con luz de sol
y con reflejos de luna
y con el roce celeste
aunque a veces hieren, lastiman.

Palabras serenas y calmas
cual remansos y sosiegos,
mudas y con sonidos,
significado y sentido.

Palabras que originan caos
para engendrar una estrella,
elasticidad del tiempo
de un paisaje itinerante
tensiones en el oleaje
de la función y la forma

Palabras, que nutren el intelecto,
vehículo del pensamiento
bullen en el ambiente
y en el devenir del tiempo

El poema está escrito en verso libre, sin rima regular ni métrica fija. Hay cinco estrofas, cada una centrada en un aspecto acerca de las palabras. Esto le da un carácter de reflexión progresiva del concepto. El ritmo se produce por medio de encabalgamientos suaves, de enumeraciones y anáforas, pues a partir de la tercera estrofa se inicia cada una con el término «Palabras». De esa manera, el poema se va leyendo en forma pausada, lo cual, más que hacer reiterativo el tema, da pie a que reflexionemos sobre las distintas implicaciones que las palabras tienen para la autora.

Desde el primer verso se utiliza la prosopopeya para referirse a las palabras. Es decir, se conciben como entes con vida propia: viajan, pernoctan, dibujan, se bañan, hieren, lastiman… En esa primera estrofa, se plantea el origen interior de la palabra.

Si bien parte del mismo problema planteado por el surrealista René Magritte, para quien la representación simbólica —ya sea una imagen o una palabra— expresa una distancia irreductible entre dicha representación y la cosa, aquí se conceptualiza que las palabras son más que interpretaciones de la realidad. Las palabras se sitúan como algo previo a su expresión externa. No son solo una herramienta de comunicación sino una condición del ser. Tampoco son meros sonidos ni copias del mundo, sino una mediación entre el interior del ser humano y el cosmos.

Sirven para que el ser humano reconfigure su universo, aun cuando puedan parecer débiles o insignificantes. Si bien el signo lingüístico es arbitrario y convencional, tal como lo caracteriza Ferdinand de Saussure, en el poema se asume como una fragilidad simbólica que resulta ser un mal necesario menor. Lo importante es que esos signos son capaces de producir, no representar, mundos simbólicos iluminados y complejos.

En la segunda estrofa se introduce una ambivalencia, pues, si bien las palabras son capaces de iluminar, también pueden dañar.  Con una palabra se puede dibujar firmamentos y crear estrellas, pero también crear problemas, lastimar u ofender.  Aquí se reconoce que el acto de habla no es inocente. Quien habla, aunque se diga a sí mismo ingenuo o ignorante, debe hacerse responsable de lo que construye o destruye con sus palabras. De esa manera, se introduce un planteamiento ético ineludible.

Después, se desarrolla la idea de que las palabras pueden calmar y producir estados de serenidad. Hacen pensar en un sitio donde el alma se deja conducir a un estado de tranquilidad, de relajación. Con esta prosopopeya se desdibuja el origen de la paz y la apacibilidad; ¿es la persona que las pronuncia o son las palabras las que producen un remanso y sosiego? Se reitera la idea de que las palabras son algo más que representaciones.

Por otro lado, sigue la ambivalencia: a veces las palabras no se dicen pero no por ello dejan de ser. Otras veces, se hablan a viva voz.  ¿Por qué? Quizá porque su sentido va más allá. Si bien, tal como señalaba Saussure, las palabras se conforman de significado y significante, en esta parte pareciera darse un guiño a Charles Sanders Peirce, quien introduce el rol del interpretante.

Cada persona puede darle un sentido distinto a la misma palabra, de acuerdo con sus propias experiencias y situaciones. El sentido se abre con la palabra. Siempre se dice o se entiende menos —o más— de lo que se pretende. La palabra no se agota ni agota lo que quiere decir, incluso cuando no se dice. Desde esta concepción, la palabra es una entrañable compañera de los gestos, las miradas, las intenciones. Los silencios no son tales, sino palabras no dichas porque, ¡cuantas veces dice más lo que se calla!

La siguiente estrofa es, quizá, uno de los pasajes más densos filosóficamente. Las palabras son vistas como caos y como creación. Se organiza el caos por medio de la palabra, así como se dice en la Biblia. De esa manera, el caos es una condición que posibilita la creación y la palabra es esa herramienta transformadora. En ese desorden se permiten nuevas configuraciones del tiempo: el pasado se resignifica, el futuro se imagina y el presente se interpreta, de manera elástica, sin barreras que detengan, tal como un tren bólido que transita por ese paisaje itinerante, sin mayor dificultades.

En la última estrofa, se hace eco de lo propuesto por Lev Vygotsky en su obra Pensamiento y Lenguaje, de que el pensamiento no es independiente del lenguaje. Las palabras son nutricias para el razonamiento. El pensamiento no posee a las palabras sino viaja en ellas. Además, como decía Vygotsky, el significado de las palabras, como unidad del pensamiento, surge primero en la interacción social y luego se interioriza. El poema lo expresa así: «bullen en el ambiente y en el devenir del tiempo» . Su valor o sentido es compartido, histórico, dinámico. El sentido nunca se fija definitivamente. No es casual, entonces, que las dos últimas estrofas aparezcan sin el cierre de un punto.

En síntesis, el poema circula por distintas concepciones de las palabras, que no riñen entre sí, sino que van sumando a su sentido. Las palabras no son una parte del ser humano, sino que tienen vida propia, pese a su fragilidad material. Poseen una gran fuerza simbólica, aunque sean ambiguas en su efecto ético. Son dinámicas en el tiempo y las personas. Además, resultan fundamentales para el pensamiento humano, ya que lo vehiculan.

BrendaCarol Morales

Escritora y académica guatemalteca. Forma parte del equipo de analistas de Poesía Lunar de SabersinFin. Además, es asociada activa de PEN Guatemala, curriculista, catedrática de EFPEM, USAC y exbecaria de la Real Academia Española de la Lengua.