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Aventureros y matemáticos: la asombrosa medición de la Tierra (Primera parte)

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Imagen: es.wikipedia.org

– La Cueva de los Espejos –

Por: Alejandro Rivera Domínguez

Vine a este mundo sin saber por qué,
Como la gota de agua que continúa su marcha por el río.
Me marcharé de él como sobre el desierto ardiente

pasa el viento.
¿Por qué vine? ¿por qué he de irme?

Omar Khayyam

Las verdosas aguas del río Marañón descendían con gran turbulencia y contribuir al enorme caudal del Amazonas. El ambiente cálido y húmedo acompañado de miles de insectos, convertían la travesía en un reto sofocante. La selva espesa apenas dejaba pasar la luz solar; los  escasos reflejos, formaban iridiscencias entre la espuma del agua y su lucha contra las salientes rocosas. La travesía era enmarcada por extraños silencios apenas interrumpidos por las rompientes del río y el aletear de exóticas aves.

La piragua y canoas eran maniobradas por expertos que nutrían su mundo de saberes ancestrales. La selva era suya. Conocían el latir del viejo río, maniobras certeras, hábiles remadores bogaban en silencio concentrados para evitar una tragedia. Fantasmas verdosos formaban una niebla espesa que concentraba los olores de la selva la espesa neblina, envolvía a un puñado de hombres con largas pértigas; sorteaban los rápidos con asombrosa habilidad.

Entre los navegantes, pocos podrían reconocer aquel rostro barbudo que hablaba una lengua desconocida, de piel curtida, bañado por el asfixiante entorno tropical. Se trataba del matemático francés Charles Marié de La Condamine, apenas en equilibrio en medio de los maderos fuertemente unidos de la piragua.  El  resto de los navegantes eran indios Yamero, ataviados con un simple taparrabo, más por proteger las partes pudendas de piquetes de insectos que por el sentido pudoroso e inútil de los europeos.  Los rostros de los Yamero estaban decorados con franjas rojas y negras y daban un innegable sentido al origen de los tiempos. También era vital navegar por corrientes que los alejaran de los peligrosos yacaré, lagartos fluviales, rápidos y certeros. De las ramas solían colgar las aún más peligrosas mapanare, víboras pequeñas pero letales, confundidas entre el paroxismo verde que enmarcaba el entorno. Un pestañeo acaso y, la mordedura de una mapanare, enviaría a la infortunada víctima, hacía una visita con los dioses de la selva.  De cuando en cuando, se dejaban ver enormes anacondas al acecho, entre las ramas de los árboles. En los remansos del  río, las pirañas esperaban pacientes, la llegada de alimento el cual quedaría mondado y blanqueado en solo unos minutos. El peligro acechaba constantemente, no obstante, La Condamine, bogaba fascinado por el fantástico paisaje.

Confiaba, el sabio francés, en la asombrosa habilidad de los Yamero con las cerbatanas envenenadas con una substancia extraída de sapos de extraños colores.  Otras etnias, se guardan bien de aparecer cuando los Yamero estaban cerca. Sus dardos y flechas, con la punta envenenada eran mortales. El río discurría y ya se aproximaban al territorio de los indios Pevas y Xomanos.

Los Yamero y su extraño pasajero, debían espabilarse y mantenerse en total atención por si acaso los temidos Manaos, quienes solían incursionar desde la lejana selva del sur y cometer todo tipo de saqueos y mortandad, en las aldeas que encontraban durante sus correrías.

Todos estos pueblos tenían un rasgo cultural común: eran antropófagos rituales, es decir, apreciaban las cabezas y otras partes del  de sus enemigos, y las usaban en complejos rituales y, acumular cráneos a manera de trofeos de guerra y prestigio.

¿Qué hacia un europeo en estas condiciones de riesgo extremo? La Condamine, fugazmente recordaba el lejano  abril de 1735, cuando una expedición de sabios franceses zarpaba del puerto de Marsella, con la extraordinaria misión, de medir un segmento de meridiano terrestre a partir del ecuador. Los rostros de sus compañeros de viaje aparecían, en su imaginación, desleídos entre cientos de otras aventuras corridas a lo largo de casi diez años de permanecer en tierras americanas.

Los rostros de Godin, jefe de la expedición, Bouger, los adjuntos Jussieu, Senerguies, médico y cirujano, que en la ciudad de Cuenca, perdió la vida por su prepotencia, en un desenlace fatal para él, debido a un lío de faldas. El dibujante Moranville, Godin des Odonais y el muy apreciado maestros relojero Hugo, curador de los finos instrumentos de medición.

Con gran respeto y admiración, el francés, recordaba a los expertos y acompañantes españoles Jorge Juan Santacilia y Juan de Ulloa, enviados por Felipe V con el fin de contribuir con los trabajos de medición y de paso vigilar al grupo francés mientras permanecieran en sus dominios americanos. No le faltaban motivos a los españoles vigilar de cerca a los franceses, al fin piratas de alcurnia.  

La Condamine y sus compañeros no reconocían abiertamente la contribución de Jorge Juan y Ulloa, lo cierto es que la historia ha demostrado que la participación española, resultó crucial para la misión.

El objetivo de la expedición, consistía en medir mediante una red de triángulos un grado de arco terrestre. El método matemático fue propuesto por el holandés Snellius y aplicado con éxito en mediciones geodésicas anteriores, sin embargo, la misión franco española, debía hacer las mediciones en plenos Andes, una misión que requería matemática fina y ser un perfecto aventurero.

Unos años atrás, otra expedición francesa había partido a la fría Laponia, al norte de Finlandia con el objetivo de medir un arco terrestre y comparar las medidas en el ecuador y Laponia cerca del actual círculo polar Ártico.

La Condamine, bajo el cuidado de los Yamero, retornaba a Francia a través del río Marañón, alcanzar el Amazonas, encontrar un puerto en la costa atlántica y levantar anclas, rumbo a Francia después de diez años de enfrentar dificultades sin cuento.     

Al fin se habían obtenido las herramientas para calcular las dimensiones de la Tierra y zanjar un debate que comenzó con la publicación, en 1686, de la obra de Isaac Newton, Philosophiae Naturalis Principia Mathematicae. Muy pronto, los matemáticos y físicos en Europa, comenzaron a descubrir otra radical manera de ver el mundo. En Francia, no tuvo mucho impacto en los primeros años. Era la obra de un inglés y los sabios franceses contaban con el respaldo de Descartes. Sin embargo, la presencia del literato Voltaire, la importancia de la obra Newtoniana, penetró profundamente en las investigaciones matemáticas. De inmediato en toda Europa, las ideas de Newton se expandieron y las contribuciones a la nueva mecánica no se dejaron esperar. Se debe a una mujer: Emilie Gabrielle Le Tonelier de Bretuil, marquesa de Chatelet-Lomont. Un genio femenino, interesado desde niña a observar y pensar en la naturaleza de las cosas. Madame de Chatelet, recibió clases de matemáticas impartidas por  Maupertois y Alexis Clairaut. Años después tradujo del latín al francés, la obra de Newton con una jugosa adición de notas. Esta traducción es, a la fecha, donde abrevaron varias generaciones de estudiosos físicos y matemáticos, no solo en Francia, la influencia se extendió mucho más allá, incluso Rusia.

Toda esta larga disquisición, se debe a diversas circunstancias, la más importante, es que Francia estaba surgida en la búsqueda de métodos que ya no dependieran de la religión o cuestiones de fe. Durante el siglo xviii europeo, ya no bastaba construir hipótesis y lanzar aquí y allá ideas, era y es necesario demostrar lo propuesto.    

En 1672, se produjo una observación fundamental, a pesar de la exactitud de los instrumentos de la época. J. Richer un matemático y astrónomo, se dirigía hacia Cayena, cercana al ecuador, observó con notable perspicacia un extraño retraso en el péndulo cuyas oscilaciones marcaban el tiempo. La expedición, mediría la paralaje del Sol y con la medida, determinar la distancia de la Tierra a la estrella.

 Richer, observó que mantener la oscilación adecuada de un péndulo ajustado en Paris, debía acortar la masa oscilante con el fin de mantener el ajuste y mantener la hora en Francia.  La mayoría podría pensar en un desajuste mecánico del reloj, no así, una mente científica, es decir, un detalle pequeño debe ser explicado.  La explicación de Richer resulto asombrosa. El sabio observó que el reloj de péndulo no mantenía las 3600 oscilaciones por hora y, dado que la longitud del péndulo se mantenía en 39.1 pulgadas, no había una manera fácil y directa para explicar el cambio de casi dos minutos diarios, Richer para mantener el número de oscilaciones aprobadas en Paris. Al retorno a Francia, el matemático debía presentar sus resultados a Domingo Cassini, director del recién fundado Observatorio de Paris. Con objeto de comprobar las observaciones de Richer, la Academié envió dos expediciones; una a las islas de Martinica y Guadalupe, situadas 14°N a 15°N. En ambas se registraron los mismos cambios en la oscilación de los péndulos. Richer dedujo correctamente  que la atracción gravitacional en las cercanía del ecuador, disminuía, lo cual era acorde con un probable achatamiento de los polos y, por tanto, en un punto en el ecuador, una masa se somete a una menor gravitación al  estar más alejada del centro terrestre.  

¡Notable observación! La obra de Newton no se publicaría hasta 1686, de manera que no se tenía un marco conceptual y matemático para demostrar la idea de Richer y establecer la forma de la Tierra. 

El astrónomo Cassini, pensó que la deformación de la Tierra, era una especie de huevo achatada en el ecuador y alargada en los polos. Al publicarse la obra de Newton, las cosas comenzaron a cobrar claridad.

Es pertinente mencionar que en 1666 se funda la Academié Francais des Sciences bajo la monarquía de Luis XIV y con esta institución comenzó una nueva era de aportes a la ciencia. La Academié, fue dotada de inmediato de grandes recursos provenientes del rey.

(Continuara)

Alejandro Rivera Domínguez, integrante de la Asociación de Estudios del Pleistoceno.

Seminario de Cultura Mexicana, 1Asociación de Estudios del Pleistoceno AC.

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