Por Salvador Calva Morales
Tagore,
poeta de la brisa y la aurora,
maestro que escuchó en los árboles
una lección más honda
que muchos tratados,
abriste la escuela
para que el cielo entrara,
para que la infancia no creciera
enjaulada entre muros sin canto.
En ti,
la educación fue jardín,
música,
luz sobre la hierba,
palabra que no aplasta,
sino despierta.
Viste que el arte
no es adorno de la existencia,
sino respiración del espíritu;
que la belleza también educa,
que una canción puede enseñar
lo que no alcanza a nombrar
la lección más correcta.
Tagore,
sembraste libertad
en las manos del niño,
le diste al aprendizaje
el ritmo del asombro,
la amplitud del horizonte,
la ternura del contacto
con la naturaleza viva.
No quisiste inteligencias secas,
ni almas partidas
entre saber y sensibilidad;
quisiste seres completos,
capaces de pensar
sin dejar de contemplar,
de crear
sin renunciar a la profundidad,
de aprender
con el cuerpo, la emoción y la conciencia.
En Shantiniketan
tu sueño tomó forma de amanecer:
una escuela donde el árbol
también era maestro,
donde el canto convivía con la idea,
donde la libertad
no era desorden,
sino expansión del ser.
Hoy tu nombre
sigue teniendo perfume de viento,
de tinta y de hojas abiertas,
y nos recuerda
que la educación más alta
no mutila la imaginación,
no encierra al alma,
no separa la verdad de la belleza.
Educar, contigo,
es permitir que el ser humano
crezca como crece la luz:
sin violencia,
sin prisa,
sin traicionar su música interior.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta





























