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Breve reflexión sobre el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer

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Foto: Pixabay

Por María Dolores Pliego Domínguez

Decía Schopenhauer que el solo aspecto de la mujer revelaba que no estaba destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales; tampoco estaba hecha para los grandes esfuerzos ni para las penas o los placeres excesivos. Para este filósofo, la visión respecto a las mujeres se reducía a verlas como simples reproductoras de hijos, carentes de razonamiento para decidir por cuenta propia su vida. Reducidas siempre al papel que “según los hombres” les corresponde: el de ser subordinadas que sueñan con tener los mismos honores y respeto que los hombres.

Estas ideas de desigualdad de género que en el siglo XIX Schopenhauer divulgaba ya habían formado parte de otros personajes históricos, como Aristóteles, quien señalaba que el macho, por naturaleza, es superior y la hembra inferior; uno gobierna y la otra es gobernada; este principio de necesidad se extiende a toda la humanidad (Aristóteles, 1988, p. 57). De igual forma, Napoleón I sentenció que las mujeres no tenían categoría, tanto así que el Código Civil napoleónico consagró el principio de inferioridad de la mujer, conservando algunos de los cambios realizados durante la Revolución: idéntica mayoría de edad para los dos sexos (21 años) y respeto de los derechos sucesorios para las mujeres. Sin embargo, respecto al divorcio, de las siete causas reconocidas por el Decreto de 1792 no quedarían más que tres (adulterio, condena judicial e injurias), y su realización se vería especialmente obstaculizada para las mujeres. Las hijas mayores de edad y las viudas no eran totalmente excluidas de la vida jurídica; sin embargo, las mujeres casadas quedaban completamente sujetas a la autoridad marital (Universidad de Barcelona, s. f.).

Como estas, otras ideas de desigualdad genérica de siglos anteriores siguen presentes en nuestros días. Por ello, es necesario difundir no solo la igualdad de género, entendiendo por esta “la igualdad de derechos, responsabilidades y oportunidades de las mujeres y los hombres, y las niñas y los niños” dentro de una sociedad, sino también mostrar que la equidad de género, a partir de componentes éticos, busca asegurar una igualdad real que compense la desigualdad histórica que el género femenino arrastra en cuanto a educación, conocimiento, independencia financiera y económica, imagen política, expresión pública, libertad de tránsito, entre otros aspectos.

En México, todavía en la década de los setenta, en algunas poblaciones predominaba una visión machista y patriarcal respecto al género femenino. Existía la idea generalizada de que el hombre era superior a la mujer y, por tanto, se requería que ella estuviera siempre bajo la supervisión y dominio de un hombre, ya fuera el padre, el hermano, el marido o el jefe de trabajo. Se creía que la mujer no tenía la misma capacidad para desarrollarse exitosamente en dependencias gubernamentales ni para ocupar puestos ejecutivos o directivos en empresas, instituciones, organismos políticos, tecnológicos, culturales o deportivos.

La máxima profesión reconocida para las mujeres era la de maestra, por su relación con el proceso formativo de los individuos. La profesora era vista como una madre: una mujer paciente, amable, buena y cariñosa, con temple de acero, que guiaba a los niños por el camino del bien. Pocos visualizaban a la maestra como una generadora de ideas, como una alquimista que por instinto podía identificar los parabienes de alguna planta o los beneficios de la mezcla de diferentes sustancias.

En los libros se ha hablado de los grandes científicos, de cómo nació la teoría de la relatividad o de cómo surgió la comprensión de la luz; pero pocos refieren pasajes históricos de mujeres que fueron penadas, juzgadas o poco reconocidas, como la alemana Katharina Kepler, acusada de brujería debido a su amplio conocimiento de la botánica para sanar distintas enfermedades. Otro caso es el de la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, quien, para tener acceso al conocimiento, se recluyó en un convento, renunciando no solo a los votos matrimoniales, sino también a la vida mundana, y quien finalmente murió alejada de los libros. Sin embargo, el caso de Madame Curie rebasó los estándares de su época: estudiando clandestinamente y más adelante siendo madre de dos hijas, descubrió no solo dos elementos químicos, el radio y el polonio, sino también un fenómeno físico cercano a la vida y a la muerte: la radiactividad. Hallazgo que ayudó no solo a explicar las propiedades físicas nucleares, sino que demostró que el conocimiento no le corresponde únicamente al hombre, sino que las mujeres, contrario a lo que Schopenhauer establecía, también pueden realizar grandes trabajos intelectuales, generar pensamientos avanzados y complejos y prescindir de la tutela masculina en la vida femenina.

Por eso, a veces, la voz me tiembla al hablar del 8 de marzo. Para mí no es solo un día de lucha o de reclamo, sino también de conocimiento y reconocimiento de todo lo que las mujeres generamos en y para la vida. Es una fecha para revisar si lo que actualmente hacemos responde a los objetivos de las obreras que ofrendaron sus vidas. “Pan y paz”, decían mientras se enfrentaban a los opresores. Pan para curar el hambre; paz para respirar y vivir mejor.

Sin embargo, actualmente, así como existen muchas mujeres desaparecidas por el odio de los hombres, también existen otras tantas eclipsadas por la antipatía femenina. Cuántas señoras y señoritas toman partido por otras que venden sus vidas incrementando sus arcas. Cuántas chicas mueren en manos de otras porque en sus casas aprendieron que el golpe es la única forma de vida. Yo me pregunto cuánto odio se necesita para no amarse a sí mismas y descargar su furia contra otra más indefensa.

Ojalá todas las mujeres, por un día, solo por un día, pudiéramos amarnos. Ojalá que, sin importar el color de la piel, el olor de la ropa o el tamaño de los cuerpos, nos aceptáramos por un instante. Así como el pescador deja su barca en la orilla del mar, las mujeres debemos dejar las redes de la vanidad, del engreimiento, la petulancia y la egolatría. Hay grilletes y pulseras de oro: cada cual las presume de acuerdo con su fiesta, cada una las viste como mejor le place. No hay peor cadena que la que una misma se ata al cuello y decide no soltar.

María Dolores Pliego Domínguez. Escritora mexicana, originaria de Toluca. Obtuvo su licenciatura en Letras Latinoamericanas en la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), donde también completó una maestría en Educación y Docencia, y actualmente es candidata a doctora en Educación. Ha sido galardonada en múltiples ocasiones. Es autora de los poemarios «De Lesbia a Catulo» y «La escoba de Goliat». En la actualidad, se desempeña como profesora en el Centro Universitario UAEM Amecameca y como asesora metodológica del Bachillerato General en la zona Oriente.