Por: Salvador Calva Morales
Cuando una ballena muere, no es el final,
es un principio secreto, profundo, vital.
No flota su cuerpo, se entrega al abismo,
desciende en silencio, sin prisa, sin ritmo:
whale fall, caída sagrada,
su muerte se torna morada encantada.
Tiburones, cangrejos, criaturas sin nombre,
encuentran banquete y refugio en su enorme.
De un solo cuerpo brota un mundo entero,
vida que canta en el fondo sincero.
De la muerte surge abundancia callada,
un templo de vida, gracia consagrada.
Durante su viaje guardó en su interior
el carbono del aire, su huella y su honor.
Y al hundirse encierra calor del planeta,
frescor que perdura, promesa discreta.
Aun en silencio la ballena protege,
con su canto lejano el océano teje.
Madres que arrullan memorias que esperan,
sus voces se alargan, jamás se apagan.
El corazón azul, del tamaño de un coche,
late despacio en la entraña de la noche.
Dos veces por minuto susurra ternura:
“Ve hondo, mantén la calma, confía en la hondura”.
Gigantes gentiles, guardianas del mar,
portadoras de historias que saben amar.
Como elefantes enseñan compasión en la tierra,
ellas, en agua, su canto destierran.
La grandeza no grita, la grandeza acompaña,
guía en la penumbra, sostiene, no daña.
Y cuando la hora final se presenta,
su entrega florece en vida que alienta.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























