Por Salvador Calva Morales
Tus besos fueron in crescendo,
o fingimos que no hubo origen cierto;
primero al borde exacto de mis labios,
luego asediando, paciente, su comisura,
como quien aprende un idioma
pronunciándolo lento.
Semana a semana el deseo se educó solo,
se afinó sin permiso ni promesa,
hasta llegar a este hoy
donde boca busca boca,
labio contra labio,
sin dejar resquicio a la esperanza
de salir ilesos.
Y sigues ahí, mujer lúcida, indómita,
con esa inteligencia que desnuda
sin tocar;
los besos bajaron de tono y subirán de riesgo.
Dime, los que siguen, ¿serán
besos de lengua a lengua,
si el mundo concede tregua
y el tiempo se hace cómplice?
No nacieron del cuerpo solamente:
vinieron de la astucia del asombro mutuo,
de ese vicio elegante llamado sapiosexualidad.
Yo, admirando tus dones como milagros discretos;
tú… dime tú,
¿qué viste en mí
cuando el verbo empezó a latir?
Y no te nombro, no hace falta:
tengo demasiadas musas y demasiados labios
que jamás sabrán quién eres.
Así te guardo intacta,
en versos que besan en silencio,
donde el deseo existe
sin ser descubierto.
Y ahora dime tú,
de preferencia en verso, como hoy lo hago contigo,
sin descubrirte ni romper el misterio:
¿qué piensas de este poema cuando te beso?
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