Estimado lector, ¿podría Usted dirigirse a su librero, al lugar donde junta sus libros en casa? ¿cuántas autoras identifica? ¿De memoria, cuántos libros de autoras mujeres ha leído?
Confieso que mi educación literaria fue ordinaria, común, como la de cualquier otro estudiante en México; es decir, estéril, precaria y poco emocionante, menos estimulante. No necesito abundar porque seguramente pasó Usted por lo mismo y aunque, con suerte, empezó a descubrir sus gustos y encontró rumbo para su curiosidad; lo cierto es que la educación básica del país sí deja mucho que desear respecto de la instrucción y la introducción a los libreros y a los libros, siendo particularmente limitadas las exponentes mujeres con las que se introduce a la lectura.
Naturalmente, esa carencia pasó desapercibida por años para mí, sobre todo en esos años en los que todo y todos eran novedad (con afortunado y placentero descubrimiento). Como muchos, crecí durante los años del colegio leyendo Franz Kafka (Metamorfosis), Carlos Fuentes (Aura), Oscar Wilde (El Retrato de Dorian Gray), entre otros clásicos. No puedo quejarme por carencia en la siembra, quizá sólo en su falta de riqueza, por la precaria variedad con la que se me introdujo a la palabra escrita. Me doy cuenta de que ningún curso de educación básica me propuso lectura de mujeres, puros hombres; tampoco se me inculcó la curiosidad por sus plumas.
No había reparado en esa particularidad, cuando leí este año “Una habitación propia” de Virginia Woolf, ensayo que recomiendo ampliamente y que debería formar parte de las lecturas obligatorias de la educación básica. Y no es que la palabra escrita escape a las mujeres ni es exclusiva de los hombres. Nadie puede sostener el absoluto de que las mujeres (todas) escriben “poemarios horribles”.
Virginia Woolf era hija de acomodados académicos e intelectuales; su ambiente fue estimulante para la reflexión y, para octubre de 1928, fue invitada a impartir una serie de conferencias en dos colegios para mujeres de la Universidad de Cambriche. La temática: la mujer en la literatura y el resultado de sus reflexiones se plasmaron en el ensayo que refiero.
En su corto y poderoso ensayo Woolf argumenta que son condiciones materiales las que privan a las mujeres de escribir y a la sociedad de sus ideas; en otras palabras: es la realidad material, las reglas sociales con las que viven las mujeres las que les han silenciado. Pudo existir UNA Shakespeare, de haber tenido un espacio dónde escribir sin ser interrumpida y una dieta básica que le permita desocuparse de su manutención, que les libere de los deberes de cuidado desproporcionalmente impuestos por su género (Una habitación propia y 500 libras, como resumió Woolf). Increíblemente escrito, el ensayo narra el camino mental que siguió la autora para preparar su cátedra, describiendo a la par sus pasos en el mundo material, contrastando la realidad con sus reflexiones. El contraste más notorio lo expone desde el inicio: aún el librero más abundante, carece de suficientes exponentes mujeres. A lo largo de la historia, algunos hombres sí buscaron describir a la mujer de su tiempo; no obstante, son pocos los textos desde la perspectiva femenina, como si faltara otra versión del relato humano universal.
Al repasar diversas escritoras a lo largo de la historia, Woolf no pudo evitar notar que se trataba de un privilegio; escribir es un privilegio que se ha reservado a pocas mujeres; quienes aun así batallaron en su contexto y sin que su particular posición les ahorrara penurias. Muchas escribieron bajo seudónimos o a escondidas y en adición a sus obligaciones habituales (como las hermanas Bronte); un sacrificio que hizo inalcanzable la pluma a muchas mujeres, que les impidió contar su historia y describir su mundo a sus tataranietos, como muchos otros hombres sí pudieron hacer.
Las que tuvieron la entereza de superar las dificultades y la paciencia para soportar las bajezas con las que contestaron su atrevimiento dejaron un hermoso legado de novelas y poemas, cuentos y ensayos que complementan el infinito firmamento de la historia humana. Woolf nos invita a imaginar aquellas historias silenciadas por un pretexto absurdo: el sexo; no sólo nos privamos de la palabra de ciertas autoras, las que escribieron también perdieron la oportunidad de tratar otros temas. El contexto social les constriñó a escribir desde una posición incómoda, de amargura; tuvieron que cruzar por caminos amargos sólo para abrir paso a otras y romper la brecha que les pretendió silenciar.
Woolf rescata las palabras de Lady Winchilsea:
“¡Ay! una mujer que intenta la pluma,
Tal intruso en los derechos de los hombres,
Una criatura tan presuntuosa, es estimada,
La culpa no puede ser redimida en virtud alguna.
Nos dicen que confundimos nuestro sexo y forma;
Buena crianza, moda, baile, aderezo, juego
Son los logros que debemos desear;
Escribir, leer, o pensar, o preguntar
Nublaría nuestra belleza, y agotaría nuestro tiempo,
E interrumpir las conquistas de nuestro mejor momento;
Mientras que la gestión aburrida de una casa servil
Está en manos de algunos de nuestro arte más externo, y el uso.”
Sobre dicha autora, Woolf reflexionó: “es una lástima enorme que una mujer capaz de escribir así, inclinada a la naturaleza y a la reflexión, se viera forzada a albergar tanta rabia y tanta amargura”; opinión que yo comparto: es una lástima y no debiera ser. Pareciera natural desarrollar amargura ante una resistencia injusta, una constante descalificación aventurada; seguramente, se siente como tratar de convencer a todos, todo el tiempo, de su propia valía. Si algo ya es difícil, los roles de genero impuestos lo complican aún más, amargando nobles corazones; echando a perder talento vivo y nobles ambiciones.
Acaba de pasar el aniversario de las conferencias que dieron origen al ensayo; sin embargo, las conclusiones de Woolf parecieran hoy un incansable eco, pues no dejan de ser validas y reales actualmente. Sí hay diferencias entre sexos, en la lógica binaria “hombre-mujer”; en lo que nos ocupa, a un género se le permite escribir, mientras persiste el negar ese privilegio a los demás. Muestra de ello es la lista de la colección “25 para el 25” del Fondo de Cultura Económica y que fue presentada en la “Mañanera” del pasado 23 de octubre de 2025 por su Director, el autor Paco Ignacio Taibo II, y la Presidenta, Claudia Sheinbaum. Durante la presentación, se cuestionó que casi toda la lista de libros se integra por autores hombres y la respuesta desde el poder fue por demás lamentable, pero pone en perspectiva lo vigentes que son las observaciones de Virginia Woolf y lo poco que han cambiado las circunstancias para las mujeres desde 1928, cuando se concibió el ensayo. De manera desafortunada, el Director del Fondo de Cultura Económica dijo que no había más mujeres porque escriben poemarios horribles (palabras más, palabras menos).
Me parece condenable la respuesta de Paco Ignacio Taibo II porque alguien con tanto ingenio, como para desarrollar las entretenidas novelas sobre las peripecias del investigador privado Héctor Belascoran Shane, tendría que tener la habilidad para responder con mayor inteligencia y aceptar que se puede mejorar el listado en futuras ediciones y oportunidades, como bien apuntó la Presidenta. También es lamentable porque sí existen grandes ejemplos de plumas femeninas, como Virginia Woolf dicho sea de paso, como para integrar cualquier lista que pretenda el Fondo de Cultura Económica. Incluso, Guillermo del Toro acaba de estrenar una película basada en la obra magna de Mary Shelly: “Frankenstein o el moderno Prometeo”.
La buena pluma no reconoce nimiedades como el sexo, el género o los roles que se vinculen a éstos. Un buen libro tiene todo tipo de origen. Y creo que deberíamos abrir ojos, mente y corazón a lo que pueda venir de otra persona, no importando condiciones ni circunstancias. Nos privamos de mucho y de muchos si hacemos lo contrario. El sexo y género de un autor se me hace una distinción innecesaria, un prejuicio infantil, un capricho inmaduro que nos ha llevado a perdernos de los rincones más profundos de almas muy interesantes.
Sé que el tema ha despertado irritación en la sociedad, particularmente, la comunidad feminista. Comparto su enojo e indignación. Por mi parte, comparto estos pensamientos y esperaré la colección de autoras del Fondo de Cultura que mencionó la Presidenta.
Hiram A. Cervantes, Escritor y litigante mexicano






























