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Entre la vocación y la supervivencia: el poema Soñando, de Diana Fajardo

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Por: BrendaCarol Morales

La semana pasada presenté el poema XXVIII que habla sobre las mujeres pobres y la compleja vida que les toca enfrentar. Por un lado, la realidad económica las oprime y les resta espacios. Por otro, la sociedad no les permite rendirse a esa realidad para ser quienes quieren o pueden ser. De esa manera, toda acción contraria a los dictados del sistema se convierte en un acto de resistencia. Mas ¿no es ese el dilema de cualquier mujer? ¿Y qué decir de las mujeres que deseamos tener alguna incidencia en el mundo, cualquiera que esta sea?

Para seguir con la exposición de este dilema, hoy traigo a ustedes el poema Soñando, de la escritora Diana Fajardo. Este aparece en la VI Antología Internacional de Poesía SabersinFin. Diana nació en Puebla en 1999. Egresó de Lingüística y Literatura Hispánica de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Le interesa la educación, la escritura experimental, el fomento a la lectura, el activismo por los derechos de las mujeres y los niños. Ha publicado sus poemas en Cinco Patios, el blog Poesía de morras: Escribir nos salva. También en la IV y V antologías de poesía de Sabersinfin.

Soñando

Lamento no poder ejercer,
pero la gente ya no lee
y no es su culpa,
sino de la jornada tan matada
que los somete a cansarse sin querer.
Una disculpa por trabajar de mesera y no de maestra,
aunque cinco años de estudio
no estén dejando ser escritora en esta era.
Yo quería, les juro que quería,
pero el sistema también me obligó a que
primero comiera y luego mis sueños cumpliera.
Y es que trabajar ha sido mi prioridad,
porque hasta Karely Ruiz gana más
y no denigro su contenido, hasta le
envidio facturar sin la necesidad de un título.
En fin, no vamos a discutir la mediocridad
de los jefes al contratar, pidiendo experiencia
sin ni siquiera dar la oportunidad,
me voy a guardar mis palabras o quizás
haga un intento de poema que con suerte
se publicará y quien quite, alguien escuchará.

El poema está escrito en versos libres, algo común en la literatura contemporánea y testimonial o social. El ritmo lo producen algunos encabalgamientos y el desarrollo continuo de las ideas. No hay una clara diferenciación de estrofas. Esto da la sensación de que todos los pensamientos y denuncias forman parte de una sola situación que lleva a un callejón sin salida.

El lenguaje utilizado es coloquial y cotidiano, con lo cual se establece una relación cercana con el lector. Al mismo tiempo le da una sensación de autenticidad y de contemporaneidad, ya que aparecen referencias culturales actuales como Karely Ruiz, influenciadora mexicana. Por otro lado, el tratamiento en primera persona genera la sensación de estar leyendo una confesión personal. Todo esto provoca identificación y un sentimiento de solidaridad de parte del lector.

Como decía, no hay estrofas separadas por un espacio en blanco, pero sí hay ciertos ejes temáticos. En el primero, el yo poético encuentra una razón por la cual no sigue libremente su vocación de escritora. No se puede vivir de escribir si no hay lectores que compren los libros. Inmediatamente, en una justificación mezcla de ternura y denuncia social, señala que no es culpa de esos posibles lectores. Ellos están cansados de tanto trabajar que no les queda tiempo para dedicarlo a estas actividades consideradas por la sociedad como elitistas o superfluas.

La sociedad moderna obliga a que las personas se extenúen para sobrevivir, sin considerar el arte y la literatura como una necesidad básica. Por otro lado, la dinámica del mercado hace que, ante la baja demanda y la excesiva oferta, los libros sean un bien poco accesible. Así, se crea un círculo vicioso.

En esta compleja dinámica, se ven afectados todos los escritores, hombres y mujeres. Aunque históricamente a las mujeres nos ha tocado luchar más para eliminar —o al menos reducir— la brecha entre nuestra vida familiar, nuestra vida económica y nuestra vocación.

Decía Virginia Woolf –novelista, ensayista, editora y pionera del pensamiento feminista–, «Una mujer debe tener dinero y un cuarto propio para escribir». Si la mujer debe trabajar para vivir con una remuneración muchas veces menor a la de los hombres, si no cuenta con un espacio propio donde pensar, reflexionar, crear, —algo difícil si tiene pareja o hijos—, muy difícilmente podrá dedicarse a escribir.

En el segundo eje temático, el yo poético pide disculpas por su frustración vocacional. En la dinámica laboral actual, antepone su necesidad de supervivencia económica a su vocación. Toma lo que el sistema le permite, aunque sea un trabajo que no la llene. La primera condición que señala Woolf no se cumple. No tiene otra forma de generar ingresos para algo tan indispensable como comer, que trabajar de mesera. No es un trabajo denigrante, pero no genera los ingresos suficientes. Tampoco genera un espacio de tranquilidad y soledad en el que pueda fluir la creatividad. De esa manera, se deben posponer los sueños.

Por otro lado, en esta parte el yo poético se asombra de cómo funcionan el sistema y el mercado. Se priorizan cuestiones que le resultan vanas, —no porque reproche o menosprecie lo que alguien como Karely Ruiz pueda realizar–, sino que evidencian el engaño de que para abrirse camino en la vida se debe estudiar y esforzarse. La realidad no es así. Pese a poner el trabajo como prioridad, no tiene solvencia económica. Al contrario, en la actualidad, quien encaja bien en la dinámica del mercado, no necesita estudiar tanto ni tener un título que lo respalde.

En la otra parte del poema, el yo poético denuncia exigencias laborales absurdas y contradictorias. Le exigen experiencia para obtener trabajo, pero no le dan oportunidad de adquirirla. Luego, sin poner punto en el verso, pasa de la crítica a anunciar que se guardará las palabras, como si se diera por vencida. Sin embargo, al final insiste en escribir, lo cual es muy significativo. Aquí, la escritura aparece como acto de resistencia, una esperanza mínima y un deseo muy interno de ser escuchada.

No cabe duda de que el poema denuncia una dura realidad del mundo actual: la precariedad laboral. Esta somete a la población a extenuantes jornadas laborales. Además, no da opción de leer ni de escribir y reduce el espacio de acción de escritores y lectores.

Se evidencia así la desvalorización a la que se han visto sometidas las humanidades. El conocimiento se mide principalmente por su utilidad económica inmediata. Disciplinas como la literatura, la filosofía, la historia o el arte son consideradas menos útiles o menos importantes, lo que se refleja en menor reconocimiento social, menos oportunidades laborales o menor inversión educativa. También trasluce, aunque no de manera explícita, lo irónico que resulta pretender abrirse espacios por medio del estudio y el trabajo, cuando la sociedad patriarcal privilegia la idea subyacente de que la mujer no estudie ni busque trascender porque la sigue empujando a roles sexualizados que sí son bien pagados.

En resumen, el poema expresa la frustración de una generación formada académicamente que, ante la precariedad laboral y la lógica económica utilitarista, se ve obligada a relegar su vocación mientras la escritura permanece como un último espacio de resistencia y esperanza.

BrendaCarol Morales

Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Fue escritora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, miembro del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.