Por: BrendaCarol Morales
En este día, se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Como ya saben, no es una celebración. Su intención es reivindicar la lucha por la igualdad y equidad para las mujeres. Por ello, me parece tan oportuno compartir el poema XXVIII, de la escritora uruguaya Noelia Viqueira, quien nació en 1980. Noelia es poeta, novelista, gestora cultural, editora y licenciada en Relaciones Internacionales. Tiene varios libros publicados: EVAlución (novela); Con 2 de hielo, bebiendo el poema; Digital Poesía inmediata; Colillas, poemas para fumar a escondidas (poesía), Un mundo en mi cabeza (cuentos infantiles). Ha participado en distintos proyectos literarios, incluidas algunas antologías. Es coeditora en Deletreo Ediciones.
El poema me lo envío Silvia Martínez Coronel, compañera panelista en Lunes de Poesía Lunar, de Sabersinfin, hace ya varias semanas. Lo dejé para esta fecha porque habla de las mujeres pobres y su afán cotidiano. Todavía ahora, luego de un cuarto del siglo XXI, en la era de la inteligencia artificial y la robótica, muchas mujeres batallan el día a día. Con la potencia de este poema y mi análisis, espero contribuir a la reflexión y a la conmemoración.
XXVIII
Noelia Viqueira
Una Mujer pobre
no puede tener
las manos desarregladas
las uñas desparejas
el pelo desteñido
o despeinado
la ropa mal combinada
los hijos embarrados
o resfriados
una mujer pobre no puede ser gorda
no puede ser fea
no puede decir malas palabras
no puede alzar la voz
no puede tener amigos hombres
no puede andar en los bares
no puede beber alcohol.
Las manos blanquitas de agua jane,
blanquitas y arrugaditas
llenas de cicatrices del buen hacer.
El pelo prolijo
la casa barrida, la cocina limpia,
las camas tendidas, la ropa doblada y guardada
la cucharita, el mantelito, las cortinitas,
la comida pronta.
Las guampas bien firmes o la soledad aprendida.
Una mujer pobre debe tener un millón de oficios;
limpiadora, cocinera, niñera, maestra,
peluquera, manicura, costurera, confitera,
y algún otro que le dé de comer
o hacer turnos extras en cualquiera de ellos.
Puede ayudar ser buena puta, siempre que nadie se entere.
Una mujer pobre debe invertir todo su tiempo en NO SER una pobre mujer.
El poema está escrito en verso libre, con muy pocos signos de puntuación, varias enumeraciones y encabalgamientos constantes. La lectura se vuelve rápida, entrecortada pero incesante. Crea una sensación de acumulación y falta de descanso. Esto va muy en sintonía con el contenido del poema, el cual pretende dar cuenta de la vida de la mujer pobre, que no es sosegada y siempre está sometida a continuas exigencias. Las enumeraciones son la forma predominante, especialmente en la estructura del «no puede». Cada verso agrega una nueva prohibición o exigencia. Su acumulación reproduce el peso de las imposiciones sociales, haciendo que ya desde la forma pueda percibirse.
La acumulación de versos produce cansancio y ese es el efecto deseado: el cansancio de existir bajo exigencias imposibles. Se trata de que la verdad normalizada sea evidenciada. No hay división en estrofas, precisamente para darle esa fuerza de la continuidad a una sarta de negaciones y de exigencias que acompañan a la mujer pobre, las que, como cuentas de rosario, se acumulan en su haber. Pese a ello, encontré tres partes identificables.
La primera parte plantea un enfrentamiento contra el cliché de lo que se supone la apariencia de una mujer pobre. La descripción no pretende ser realista sino, con ironía, una lista de negaciones a la negación que señalan los estereotipos que recaen en la mujer pobre. El cuerpo de la mujer pobre es como un campo de batalla. El poema muestra una paradoja perversa: el cuerpo se expone al trabajo duro y las penalidades, pero no puede mostrar desgaste. La ironía reside en que los rasgos, que suelen asociarse al estereotipo de pobreza (desorden, suciedad, descuido, desaliño, grosería e insolencia, vicios), aparecen para ser negados, como si el poema dijera: «eso es lo que creen de nosotras, pero es justo lo que no nos dejan ser».
Hay dos lecturas aquí. La primera es que la pobreza aparece como una condición vigilada: el cuerpo y la conducta de la mujer pobre son leídos constantemente por otros. El arquetipo clasista la asocia con suciedad, desorden, estridencia, desborde, excesos. Por otro lado, el arquetipo patriarcal le exige pureza, silencio y corrección moral. Queda atrapada entre dos mandatos contradictorios: se la imagina como lo primero, pero se le exige lo segundo. Esto es una forma de violencia sutil, sobre todo si se piensa que esta doble carga no recae con igual fuerza sobre el hombre pobre, cuya corporalidad y conducta no son interpretadas como representación moral de la pobreza.
En la segunda parte hay una enumeración obsesiva del orden doméstico y de la limpieza. La casa se vuelve el escenario de una prueba moral en el que la mujer pobre es juzgada, no solo por lo que es, sino por cómo mantiene su casa. El precio a pagar incluso atenta contra su salud. Para los que no somos uruguayos, «agua jane» no dice mayor cosa, hasta podría pensarse que es un perfume. Sin embargo, esta es una antonomasia para el cloro en Uruguay. Las manos quedan blanquitas y arrugadas de tanto usar cloro para limpiar todo, aunque sea tóxico y dañe la piel. Ser limpia en estas condiciones no es natural ni suave: es fruto del desgaste físico e incluso moral.
No es difícil reconocer este mandato en la realidad: muchas mujeres asumen el trabajo físico extenuante y la pulcritud extrema como forma de validación social, como si el esfuerzo y el sacrificio fueran la única vía para ganar reconocimiento.
En esta parte, el poema pasa del «no puede» a «lo que sí debe ser». Aparece el modelo impuesto por la sociedad. Con sarcasmo, se habla de la casa en diminutivo, como si cuidar de la casa fuera un juego de niñas. A las niñas buenas se les da una palmadita. A las mujeres pobres que mantienen su casa impecable contra toda posibilidad, se les considera buenas chicas. Si la casa está sucia y desordenada, ellas son culpables. La casa se convierte en una extensión de su cuerpo.
Por otro lado, desde el empequeñecimiento sistemático, se les impone que, además de las cargas físicas, acepten «los cuernos o guampas» de la infidelidad. Sus posibilidades son mínimas: o lo aguantan o se enfrentan a la soledad, no solo emocional sino económica. No solo se les veda la mediocridad o el cansancio, sino la dignidad. Al hombre pobre no se le exige participación en los quehaceres domésticos y se le exime de responsabilidad y fidelidad en la relación.
En la tercera parte, la mujer pobre no se limita a realizar un solo trabajo. Debe mostrar una acumulación de oficios y hacer ver que nunca está quieta. Ella siempre produce, cuida o sirve. Le tocan todos los trabajos si quiere sobrevivir y llevar alimento a la casa, no solo para ella sino para los hijos (aunque apenas los menciona el poema). Sus afanes hacen suponer que la carga económica y el sustento familiar también están en sus manos. Nuevamente el hombre parece quedar fuera de esta lógica de ultraproductividad. No se le exige el agotamiento total para sostener a su familia.
En cambio, en la lucha por la subsistencia, la mujer pobre puede sentirse compelida a convertir su cuerpo en un recurso económico. Siempre y cuando respete el orden impuesto por las apariencias. Lo importante aquí es que no sea visible ni incomode a la sociedad del buen hacer. En definitiva, la sociedad no se interesa por ella como sujeto, sino por la apariencia de corrección que proyecta. Su cuerpo, su casa y su trabajo no valen en sí mismos: lo único que importa es que su pobreza no incomode ni perturbe el orden social.
El poema hace ver una verdad incómoda pues, para muchas mujeres, la pobreza no es solo una condición económica, sino también una exigencia constante de corrección y silencio. En el Día Internacional de la Mujer, su lectura invita no solo a reconocer esas desigualdades que aún persisten en lo cotidiano, sino a hacer una introspección acerca de nuestro rol en la situación que enfrentan millones de mujeres en el mundo.

BrendaCarol Morales
Escritora y académica guatemalteca. Forma parte del equipo de analistas de Poesía Lunar de SabersinFin. Además, es asociada activa de PEN Guatemala, curriculista, catedrática de EFPEM, USAC y exbecaria de la Real Academia Española de la Lengua.




























