Hace unos días, los últimos pasantes que tuve el privilegio de instruir en la Dirección de Defensa a Usuarios de la CONDUSEF pasaron a mi oficina a despedirse, pues habían concluido su servicio social. No son los primeros y espero que tampoco los últimos, en definitiva. Pero, me hicieron recordar el tiempo en que aprendí a redactar, sentado junto a mi mentor, mientras éste escribía y fumaba sin parar noches enteras.
Desde pequeño me interesé en leer y escribir, además de argumentar. En el gremio de los abogados, eso es fundamental y se desarrolla como una habilidad básica. Así, acompañando a mi maestro en su lucha contra el dragón de la hoja en blanco, aprendí jerga jurídica y procesal, desarrollé un estilo de argumentación basado en el suyo. La carrera de derecho me dio los conceptos para seguirle el paso a su pensamiento y culminar mi formación con su praxis. Aprendí a litigar de la misma forma en que se prepara el aprendiz de brujo: siguiendo a su maestro e imitando sus formas.
Dijo Paco Calderón, caricaturista político, que se inicia imitando a los experimentados que admiras (Letras libres, Marzo 2024) y eso es cierto. Pasaron muchos años antes de que pudiera separarme enteramente de su estilo. Nunca uso machotes para litigar, pero mis premisas y la estructura de mis argumentos mimetizaban las de mi mentor porque esa fue la técnica que vi funcionar. Con el tiempo y con la responsabilidad de quien aprendió bien, empecé a experimentar mis propias formas y a desarrollar mi estilo.
Hoy no me considero un abogado consolidado, pero replico la técnica con la que fui formado. No siempre pongo al pasante a verme redactar. Pero, sí los hago parte del problema que trato de diagnosticar o del diseño del argumento en el que trabajo. El objetivo del pasante es aprender de la práctica en un ambiente controlado; no se trata de dedicarlos a las labores que el abogado no quiere hacer. No son mano de obra barata. Juzgo con aquilatada opinión a quienes explotan laboralmente al pasante, pues suelen ser usados para evadir el pagar digna y debidamente a un profesionista. Trabajo se paga con dinero, no con aprendizaje y ser tutor es un deber. Poner a un pasante a únicamente fotocopiar, contestar llamadas, llenar formularios y presentar escritos es explotación, nada más que trabajo mal pagado.
Yo soy constante en decirle dos cosas a mis pasantes en sus últimas lecciones: 1) Si nos encontramos de contrarios, no tengan piedad que no deben esperarla de mi parte y 2) Cuando les toque estar en una posición como la mía, deben ser mejores. Se los digo para contagiar la pasión que me ha impulsado y avivar la llama del buen profesionista, del permanente aprendiz. Si cuidamos esa llama, contribuimos a nuestra sociedad, aportamos a un México con mejores servicios profesionales y de profesionistas más justos y honrados.
Concluyo reconociendo que varios de ellos me han superado con los años. Me llena de orgullo ver a otros que perfeccionan lo que vieron conmigo y se abren camino en la vida con mejores posibilidades. Afortunadamente, también fui cuidadoso de no compartir mis vicios e imperfecciones, a diferencia de mi mentor conmigo. Estoy seguro que ellos serán mejores mentores. Durante la pandemia, me surgió una genuina preocupación por el futuro de las siguientes generaciones de abogados al afectarse el flujo ortodoxo de la formación académica. Pero, estudiantes como los que conocí mantienen mi esperanza. Ellos tendrán la oportunidad de ser mejores.
Gracias maestro por lo aprendido y por la oportunidad de formar parte del inicio de carreras brillantes; en particular, yo recuerdo con cariño a Frida, Vero, Kenia, Oscar, Gerardo y Cesar. Very good job, dudes!
Hiram A. Cervantes, Escritor y litigante mexicano





























