– La Historia Jamás Contada –
Con la actual repartición de puestos en el Gobierno, como en su momento con la designación de candidatos a las elecciones, se observa nuevamente la misma actitud entre esperanzada y angustiada de los posibles premiados (o desairados) propia de un sistema dinástico, donde lo primordial es el parentesco, consanguíneo o político, sea este último por alianza familiar o pertenencia a la misma agrupación, corriente o movimiento político.
Se trata del límite objetivo de la democracia, donde las decisiones ya no son asunto colectivo sino mucho más restringido, incluso personal, mientras los criterios que las norman se vuelven subjetivos y hasta inexpresables, con la transparencia enturbiándose progresivamente hasta desaparecer, quedando todo en manos del Destino o algún equivalente funcional.
Esta es la razón del desasosiego de quienes se consideran legítimos herederos del Poder, que a partir de entonces recurrirán a todo tipo de cábalas para congraciarse por vías misteriosas -no les quedan otras- con los ignotos dispensadores de la Fortuna, ya en el terreno de la Mitología, siendo quizá esta la razón del peculiar estilo shakesperiano de retratar el Poder, a que tan aficionado era el gran dramaturgo, pues de verdaderos dramas se trata.
Esto en cuanto a los posibles agraciados (o lo contrario). ¿Pero qué hay de los espectadores, simples mirones a quienes nada les va en ello? Es el punto aquí, que exige ir más allá de la psicología de los personajes, como es el caso del teatro.
Ya he relatado en un artículo anterior cómo de niño, a pesar de aplicarme en ello, no le encontraba sentido a los que los adultos consideraban “política”, a la que dedicaban horas sentados (en casa, la oficina, el café o la cantina) a sopesar las posibilidades de tal o cual notable a ser nominado candidato del Partido-te (como la Cuatro-te de ahora) a un cargo público, de acuerdo a lo que sabían de su relación con algún gallón presente o pasado (decano, elder, past-master) de la “élite del Poder”, incluidos Empresariado, Iglesia, Ejército, corporaciones mediáticas y otras similares, los Poderes de facto…
Pero nada más: lo mismo hubiera dado bordar extensa y ociosamente sobre toros, beisbol (el futbol no contaba), el (sobre)dorado cine nacional o cualquier otro pasatiempo de masas, nada que potencialmente pudiera influir sobre el curso real de las cosas. (Igual que ahora, cuando tantos ilusos creen decidir sobre las inasibles condiciones que determinan su vida, sólo porque así lo afirma la demagogia gubernamental, en la que confían más que en sus propios sentidos.)
Pero no sólo en los directamente involucrados en los avatares de la transmisión del Poder se hace presente el FATALISMO, sino también en los que no lo están pero resultarán afectados, es decir, el resto de la sociedad, aunque con un incómodo plus (añadido): la necesidad, fundada racionalmente o no, de NO contrariar abiertamente a los que posiblemente queden el candelero para iluminar a todos con su luz, pues bien podrían tomar venganza contra los infieles (o “desleales”, como se dice oficialmente ahora).
Así que lo mejor parece no hacer o expresar nada por aquello del bullying en las redes y los medios oficialistas -a menos que se sea un avezado analista político capaz de explicar la situación sin dejarse apabullar por las hordas en contra- y ya no sólo encomendarse o sobornar a los Hados como hacen los políticos profesionales, sino incluso ir más allá, armando una manifestación con una espectacular manta al frente en que se lea: ¡GRACIAS, SEÑOR GOBERNANTE!, esto es, pasar de una actitud fatalista a una francamente supersticiosa, creyendo curarse así en salud. No cabe duda que en cuestiones de Democracia, estamos luz-idos (sic), es decir, se nos fue la luz.
¿O qué piensan ustedes, reflexivos lectores?
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.




























