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En las venas

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Imagen de Pete Linforth en Pixabay

En el instante en que la estrella gigante
parió a su hija menor,
el espacio cedió ante la vibración primera:
un río de brillo y sombra
surgió de las venas del universo.

Como siempre, cuando algo nuevo nace,
una parte se queda atrás,
y ni siquiera la luz puede escapar
de ese trato.

El reflejo del sol se desvanece,
espejo roto que no contiene.
El fuego indomable del caos
quema sin tregua,
sin importar a quien.

En el vértice del abismo,
en el seno del toroide luminoso,
las piezas se acoplan en un silencio
desconocido hasta por la muerte.

Nosotros, mientras tanto,
hacemos lo mismo.
“Has fenecido”, me dije,
mientras el mundo se contraía,
mientras la masa se disolvía en éter,
y el sendero invisible
reveló su rostro:
una serpiente de cenizas y polvo
que devora el horizonte.

El cuerpo, convertido en aire,
pierde el peso de la carne,
y el camino invisible
se muestra,
aunque nadie lo reconozca.

Afuera, las llamas se extienden
sin pedir permiso,
los océanos rebasan sus fronteras,
y lo que queda de nosotros
es poco más que un esqueleto,
un rompecabezas de rescoldos.

Dentro, en ese cuarto oscuro
que todos llevamos,
la energía se retuerce,
cambia de forma,
se esconde del ojo que no quiere ver.
Afuera, donde la palabra “afuera” no basta,
el manantial desborda.
El recuerdo es lo que nos queda:
impulsos eléctricos,
sacudidas en el vientre de un tiempo
que ya no es nuestro.

A la flama de la vela,
el monje entona su mantra.
El incienso traza círculos infinitos,
como los amantes,
como el universo:
nudos sin fin,
huellas del vacío que se engendra
y se devora para expandirse.

Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta