Las estaciones en mí dejan su trazo,
mi piel narra otoños y primaveras,
cada hoja es un susurro del tiempo,
un testimonio del paso lento
de sueños que se desvanecen en el aire,
mientras las frondas multicolores acarician mi ser.
Las albas se acumulan en mi pecho,
como presagios de un horizonte cercano,
el viento me trae ondas de mi niñez,
y en el sabio bosque,
las piedras hablan en su lenguaje antiguo,
me cuentan lo que mañana seré.
Bajo la bóveda celeste,
mis ojos se pierden en los recuerdos,
infancias que se disuelven como arena,
y el río, en su interminable canción,
me susurra melodías que no puedo olvidar,
cargadas de vínculos y promesas de antaño.
Dime, Natura, ¿soy yo quien envejece,
o es el mundo el que gira sin cesar?
Tus brazos me envuelven con amor infinito,
y entre tus raíces,
me reconozco en el reflejo del arroyo,
tus límites no existen, como mi deseo de vivir.
Las estaciones se marchan y retornan,
dejan cicatrices y flores a su paso,
y yo, entre ellas,
caminando sobre puentes de madera,
acaricio la melodía de lo eterno
y la certeza de que soy parte de tu ciclo.
Al final, somos uno, Natura,
tú y yo, entrelazados en el tiempo,
mis años y tus amaneceres son lo mismo,
y en tu abrazo perenne,
descubro que en ti siempre fui eterno,
y en mí siempre fuiste tú, mi amor sin fin.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta





























