No bastó mi poema anterior sobre los políticos,
solo uno que otro like.
Dije desde el principio que no me gusta escribir de política,
pero me mueve la incomodidad,
esa incomodidad que no es tan fuerte
o aún no alcanza los dinteles de mi vida
o de los más cercanos.
Por eso ni me muevo, ni opino, ni hago nada.
Será tal vez hasta que me toque a mí,
la gran incomodidad o el dolor.
¿Por qué fingir que soy un masoquista cómodo
y sigo soportando las atrocidades,
las desapariciones de niñas y niños,
y no me conmueve ni mi Dios para hacer algo?
¿Qué necesita el pueblo mexicano para levantarse
de esta ligera incomodidad ante tantas desgracias que vivimos?
Para que al menos haga más actos de bondad
hacia sus semejantes.
Vivimos cómodos, casi masoquistas,
miramos la sangre,
el grito de las madres,
el silencio de los niños que nunca vuelven,
y seguimos viviendo como si nada,
esperando que el horror nos toque la puerta.
Desaparecen seres vivos,
cuerpos por las calles,
y la justicia se esfuma en este suelo.
Aun así, no hacemos nada.
¿Qué nos falta, México?
¿Una tragedia más cercana?
¿Un dolor propio que nos queme la piel?
¿O la vergüenza de no hacer nada,
mientras todo se desmorona a nuestro alrededor?
Nos duele, sí, pero no lo suficiente.
Este poema expresa esa incomodidad latente,
esa inacción que duele más cuando se reconoce,
pero aún no nos mueve.
Seguimos siendo cómodos en la incomodidad,
esperando que el mal nos toque a nosotros para al fin
levantarnos del suelo de la indiferencia.
Hasta que un día ya no quede nadie,
ni tú, ni yo, ni siquiera las sombras.
Nos matarán por no haber gritado,
nos enterrarán con nuestra indiferencia,
y ni siquiera habrá quien llore por nosotros.
Todo será demasiado tarde.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta





























