Por Enrique Canchola Martínez
Después de muchos siglos de evolución física y mental, el hombre vagabundo, se sentó a contemplar la belleza del mundo y sorprendido descubrió que la belleza del mundo, es el reflejo de su espíritu y comenzó a entender que el espíritu humano es como un jardín con distintas flores, que crecen en distintas tierras y las riegan distintas aguas.
Esta introspección mental, lo llevó a darse cuenta que el alimento material no basta para saciar el hambre del alma y nutrirse para construir la conciencia, la libertad, el amor y alcanzar la transformación liberadora que dé paz mental y corporal.
Se dio cuenta, que el espíritu se nutre de la entrega y del propósito para alcanzar la trascendencia a través de la chispa del infinito que genera la vida y que da la fe y la esperanza que vuelven al hombre invencible.
Ese día, el hombre descubrió que la mente se nutre de la curiosidad, de ideas nuevas y atrevidas que desafían lo establecido y de observaciones que expanden el pensamiento para construir el conocimiento.
Es el momento, cuando el hombre descubre que piensa con el cerebro, esa víscera que está en la cabeza.
Experimenta que ese órgano se enciende ante los retos, con el aprendizaje, la percepción del entorno, con el aroma del asombro y el esfuerzo cognitivo para formar la conciencia de si mismo.
Finalmente, aquel día, el hombre comprendió que, para estar verdaderamente vivo, no solo debía alimentar su cuerpo, era necesario alimentar al espíritu con la oración, con la entrega, con el amor, la observación de la belleza, y construir poesía para alcanzar la verdadera transmutación, que lo llevan a la búsqueda de su verdad.
23 de enero de 2026






























