
Por Sabersinfin
En una reciente charla con los educadores poblanos Salvador Calva Morales y Abel Pérez Rojas, ambos poetas y especialistas en temas educativos —el primero, experto en medicina veterinaria y educación universitaria; el segundo, referente en la gestión de espacios de educación permanente—, surgió una reflexión que combina ciencia, cultura y nuevas tecnologías: la inteligencia artificial podría estar empujándonos a distanciarnos cada vez más de la naturaleza real.
Las IA generativas han comenzado a producir escenarios virtuales de bosques, lagos, montañas y fauna exótica con una fidelidad sorprendente. Es posible crear imágenes de animales pertenecientes a ecosistemas que pocos han visto de manera presencial, o incluso diseñar fotografías hiperrealistas de usuarios en paisajes donde jamás han estado.

Hoy, alguien que nunca ha tocado la nieve puede generar su retrato en un ambiente gélido, rodeado de osos polares, pingüinos o auroras boreales, como si la vivencia hubiera sido real.
Para Calva Morales y Pérez Rojas, coautores de la tesis posdoctoral Caractitud, aporte teórico a contraluz de la etología, esta tendencia tecnológica podría tener un efecto contraproducente: desconectarnos aún más de los entornos naturales verdaderos.

Sustituir la experiencia directa por simulaciones digitales reduce la oportunidad de fortalecer nuestra inteligencia natural, esa capacidad ancestral de comprender los ritmos de la tierra, interpretar el comportamiento animal y reconocer nuestro lugar en la trama de la vida.
En este contexto, ambos educadores sostienen que existe una tarea urgente: al menos las personas mayores, que han vivido la naturaleza en plenitud, deben concientizar a las nuevas generaciones sobre la experiencia insustituible e intransferible que significa entrar en contacto directo con los entornos naturales. Dejarse envolver por la montaña, el bosque o el mar —afirman— permite comprender profundamente el significado de la vida y reconocer que una parte de nuestro ser habita también en el resto de los seres vivos.

Aunque reconocen que la IA abre oportunidades creativas y educativas inéditas, Calva Morales y Pérez Rojas advierten que no debe convertirse en un sustituto de la naturaleza, sino en una herramienta que invite a revalorizar y proteger los espacios vivos.
La pregunta que plantean es clara: si todo puede simularse, ¿cuánto tardará la humanidad en olvidar que la naturaleza no es un archivo digital, sino un organismo del cual dependemos?




























