En el laberinto de mis neuronas,
tu imagen se dibuja, diáfana y humana,
en cada sinapsis genera un suspiro,
cada impulso, un trépido latido.
Tus palabras, neurotransmisores de amor,
activan en mí la dopamina del fervor.
En el hipocampo de mis recuerdos,
tus caricias son eternos alaridos.
Eres la chispa en mi corteza cerebral,
la razón de mi existencia emocional.
En cada neurona, en cada axón,
vives tú, mi eterna obsesión.
Enrique Canchola Martínez
septiembre de 2024-02EC




























