Por Salvador Calva Morales
Yo fui lechero de niño,
madrugaba con ilusión;
entre peroles y canastos
aprendí una gran lección:
que se puede dar cariño
sin pedir una razón.
Muy cerca de aquella escuela,
a solo una calle de distancia,
había un mundo marginado
que nadie quería mirar:
eran hijos de prostitutas,
niños que buscaban un lugar.
Don Francisco Esqueda, un día,
nos envió a enseñarles
las letras y el catecismo,
pero también a acompañarlos;
los sábados fueron de entrega
y los domingos, de caminar.
Íbamos todos formados
hasta el templo del Refugio
y, al volver, con alegría,
se abría el mejor de los mundos:
carretillas con pan caliente,
tamales, atole y cariño profundo.
Hoy comprendo, ya de adulto,
lo que entonces no entendía:
que aquellos niños me dieron
mucho más de lo que yo les ofrecía.
Mi verdadero doctorado
no llegó en una ceremonia:
llegó entre pan, tamales y atole,
cuando servir me daba alegría.
Y si algún título merezco,
lo digo sin vanidad,
fue por aprender desde niño
el inmenso valor de la bondad;
porque, antes que doctor honoris causa,
la vida me hizo doctor
en la humilde universidad
de servir con el corazón.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta































