Por: Abel Pérez Rojas
Cierto que el corazón escucha,
no con sonidos,
sino con presencias,
con cadencia que no sabe de idioma.
Allí donde cualquier nombre
aparece antes de ser dicho,
como si el tiempo latiera en secreto.
Empalma las pulsaciones del otro,
ríos que se buscan
y se reconocen en su corriente.
Y allí —en ese instante suspendido—
ya no hay tú ni yo,
solo un cauce que se desborda.
El alma no razona: vibra.
El cuerpo apenas acompaña su relámpago.
Una sola sintonía nos habita,
quieta, luminosa,
llama que sabe esperar
a que la noche confiese su misterio.
Entonces el silencio se abre en dos
y escucho lo que no tiene nombre.
No es voz,
no es pensamiento;
es algo que arde detrás de la calma.
El tiempo deja de fingir su paso.
Las barcas no temen a la tormenta.
¿Quién podría temer,
si el mar también tiene corazón?
Y mientras el éter pronuncia tu nombre
en la partitura de la pausa,
yo también te escucho —no sé cómo—,
pero te escucho.
Porque amar es caer sin ruido
y despertar dentro del otro.
La carencia se hace plenitud,
la soledad, compañía,
y en el centro del pecho
late un nombre, si estoy contigo:
oído corazón.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta





























