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Calaveritas en honor a Salvador Calva Morales y al programa Pan, sal y mezcal

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Por: Mireya Ramírez Martínez

En el marco de las festividades del Día de Muertos, Sabersinfin presenta dos calaveritas literarias que celebran con ingenio y picardía la vida, la poesía y la sapiencia. En “El Doctor de las Mil Musas (y un Mezcal)”, Salvador Calva Morales es retratado como un alquimista del verbo; mientras que “Entre versos y mezcal”, de Mireya Ramírez Martínez, convoca a la Catrina a un festivo ritual de letras y amistad. Ambas composiciones son homenaje y risa, recordatorio de que la muerte también se inspira… y brinda poesía.

El Doctor de las Mil Musas (y un Mezcal)

Por los montes del verbo, allá en el sur del albor,
anda un doctor de batas blancas llamado Salvador.
Médico de pezuñas y de almas cansadas,
educador de sueños y de ovejas descarriadas,
en su clínica se recetan versos,
y el estetoscopio suena a décimas rimadas.

Dicen que tiene mil musas —¡y una más de repuesto!—,
todas le dictan poemas con un mismo gesto:
una le inspira amores, otra le saca dolores,
y solo otra le entrega un mezcal bien puesto.

Entre clases, metáforas y aullidos del destino,
el maestro fundó su milagroso programa divino:
Pan, sal y mezcal —trilogía de alta moral—,
donde se come la vida con un trago ritual.
El pan, para el cuerpo; la sal, para el ingenio;
el mezcal… ¡para olvidar lo académico y serio!

Que no hay doctorado que valga
si no se brinda por el misterio.
Y así, con sonrisa de santo y diablo rural,
Calva Morales preside su misa laica semanal:
los alumnos se confiesan, las fieras lo arrullan,
y muchachas y musas a coro lo adulan.

Oh, Salvador, veterinario del verso y del alma,
tú que curas con metáforas y rimas con calma,
no cambies tu receta —ni tu ritual ancestral—:
una pizca de sal, pan del verbo…
y un buen trago de mezcal.

Entre versos y mezcal

Por los rumbos de la idea,
donde el verbo tiene altar,
entre versos y mezcales,
donde reina la amistad,
una noche la Catrina
decidió ir a charlar.

La Muerte llegó coqueta,
con sombrero y abanico,
buscó a Lilia, la poeta,
que pinta versos bien ricos.
—Ven, bella dama —le gritaba—,
de porte singular—.
Pero Lilia no atendía,
encendía incienso y copal.

Buscó entonces poetas vivos,
de palabra sin final,
que retaran su guadaña
con metáfora infernal.

Llamó su atención al momento
Salvador, veterinario,
de alma libre y animal,
que curaba con sonetos
la resaca del mezcal.
—¡Eh, señor de las mil musas,
usted que ha vivido ochenta,
cuente todo lo que ha hecho!—
Respondióle Calva riendo:
—Mire, doña funeral,
la vida o es camino derecho
o una fiesta de arrabal.

El pan nutre la esperanza,
la sal cura el vendaval,
y el mezcal, si se comparte,
vuelve el cielo terrenal.

Abel habló entonces
como maestro universal:
—Usted, flaca, no da miedo,
solo inspira lo inmortal.

La Muerte disimula la risa:
—¡Qué locura celestial!
Uno cura con poemas,
otro enseña a suspirar,
y la otra pinta versos
sin ni siquiera mirar.

—Hagamos trato, señores,
no los quiero sepultar;
más fundemos movimiento,
busquemos saber sin final.
Que en Pan, sal y mezcal
todo sea contento
y nunca se acabe de enseñar.

Alegres bailaron todos
bajo el brillo estelar,
la Muerte tocó marimba
y Abel se puso a cantar.
Calva alzó su copa en alto:
—Por la vida natural,
que se acaba solo el cuerpo,
pero el verbo es inmortal.

Abel brindó: —¡Por el alma,
que en la sombra sabe andar!
Sin muerte no hay poema…
y sí, saber sin final.

Y la flaca, con su risa,
dijo al aire sepulcral:
—Así sí da gusto irse,
entre versos y mezcal.

Desde entonces, cada año,
entre olores de copal,
en el mundo con los sueños
vuelven juntos al ritual.
Con pan, sal y poesía,
bajo un cielo sin rival,
ahí se ríen con la Muerte…
y todos brindan:
¡Hasta el próximo mezcal!