Por Enrique Canchola Martínez
Todos te miran
como un hombre de hierro,
invencible y sereno,
pero yo veo en ti
la bondad que se desborda
y soy dichoso de sentir
tu fuerza que nunca se agota.
Has dejado el mundo
mejor de cómo lo encontraste,
confiando en la educación,
para reducir el desastre.
La juventud la llevas en el alma,
como río que nunca envejece,
como árbol que florece siempre,
alma de niño y sueños adolescentes.
Eres fuego y ternura en equilibrio,
un maestro que enseña con el corazón,
que convierte el conocimiento en vida,
y la vida en un acto de amor.
Salvador, tu legado es eterno,
cada estudiante que escucha tu voz
lleva consigo el consuelo
y esperanza grabada en su interior.
Enrique Canchola Martínez es profesor e investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Ciudad de México, México




























