Por: Abel Pérez Rojas
Salí de la ansiedad de buscar afuera,
como quien deja atrás un desierto.
Sin amuletos ni fórmulas secretas,
solo la certeza de que algo en mí
aún latía distinto, aún podía ser escuchado.
Los días de vigilia
fueron soles encendidos con paciencia,
abriendo la brasa de mis huesos,
me reveló su calor cuando me quedé quieto.
El portal apareció en el sitio preciso,
se abrió en el centro de mi pecho.
Ahí donde la vida se nombra con cada suspiro
y la memoria se hace presente sin rencores.
Era un umbral sin puertas,
un campo invisible que se expande
cuando camina descalza el alma.
No era vacío lo que atraía,
sino plenitud ya revelada.
El universo escucha la armonía,
omite la súplica que clama en la sombra.
Así supe que el amor enciende todo,
prende dentro
y entonces ilumina lo que toca.
Dejé caer las llaves del control,
dejé que el viento borrara los mapas.
El campo cuántico es innegociable,
es claridad brotando entre latido y mente,
donde el tiempo se disuelve en presencia.
Ahora sé que la puerta es un espejo
que me devuelve íntegro.
Amar es reconocerme abierto, fluyendo,
camino constante y fuente sin fin.
Todo secreto se disuelve,
queda solo la evidencia luminosa de estar vivo,
plenitud que respira amor para siempre.
El amor fluye, se respira,
como el agua que corre sin preguntar al cauce.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta





























