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San José Gregorio Hernández y las revelaciones con una madre

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Foto: especial.

Por: Luis Manuel Pimentel

“A ver Luis Manuel vamos a orar” dijo mi mamá el tercer día que llegue a su apartamento de Barquisimeto, empezando el mes de junio. La noche antes le había acomodado su altar, le quité unas flores de plásticos que tenían mucho tiempo sin ser flor ni polvo, y como le había llevado un velón que le había mandado una amiga que compró junto a mí en la Catedral de Lyon, lo ideal era un espacio reluciente para repotenciar las energías sagradas con vientos europeos.

“Empecemos con un padre nuestro”, lo soltó con ganas, pero desde una voz muy suave, producto del cansancio. Luego vino una avemaría. Yo le seguía el ritmo de la palabra desde el mueble, ella desde la silla de cuero que daba justo a la entrada de la cocina. Rezó las mismas oraciones que nos enseñaron del catecismo. Cuando se acabaron las glorias y avemarías pasamos a la segunda parte: decir la oración desde el alma, conversar con el absoluto que todo lo tiene y lo da, que se multiplica y se transforma en energía cuántica, en energía vivencial, en energía que se metía por nuestros pechos.

Primero Dios, luego fue directa a José Gregorio Hernández. La situación de salud familiar estaba tensa, mi papá tenía más de un mes en el hospital y su proceso de recuperación era lento, muy lento. Entonces José Gregorio Hernández aparecía en sus labios pidiéndole por mi papá y también que “se haga tu santa voluntad” remataba con un tono ceremoniosos porque “ya estamos viejos” volvía como si tuviera un pacto con el tiempo y los latidos del corazón.

Ella evocaba a José Gregorio Hernández más allá de la fe, desde el alma misma, desde las entrañas que la cruzaban con el poder de Cristo y el alma bendita de la señora Ana. Le pedía a José Gregorio Hernández por la salud y protección de mis hermanas y hermanos, también para mí, como me tenía allí sentado entonces era un objetivo fácil por unos días, pero difícil cuando ya regresara del viaje.

“Ahora te toca decir una oración a ti”, sabía que tenía algo que compartir, entonces decía, Doctor José Gregorio Hernández y continuaba con la oración, le pedía por la salud de mi papá “también te pido por la salud de mi mamá, ayúdala a superar esto que lleva”, luego venía un silencio de profunda complicidad y en el aire quedaba el sabor de a ver qué pasa.

Mi mamá me miraba con el amor brilloso de sus ojos, pero con un dejo de realidad como diciendo que de esto no me salva nadie. Mientras oré le pedí por todos los enfermos del hospital, pero cuando lo dije se me quebró la voz a tal punto que debí ser fuerte y concentrarme en seguir las plegarias, porque la realidad hospitalaria en Venezuela es tan ruda, que ni el mismo José Gregorio Hernández la aceptaría, y mi papá era uno de los centenares de pacientes en esa cruda realidad y precisamente eso era por lo que mi mamá no quería pasar.

Casi todos los días rezábamos, de hecho, nos levantábamos más temprano cuando debía ir a primeras horas al hospital. Esa fue la conexión profunda que conseguimos, la palabra hecha sentencia espiritual, ella exponía y yo le contaba indirectamente lo que pasaba con mi vida, lo que soñaba, lo que pedía, nombrábamos a las personas que amábamos, le deseábamos el bien y le pedíamos al Santo que intercediera por nosotros y nos ayudara a resolver conflictos.

Los dos nos encontrábamos en esa etapa de nuestras vidas en que confiábamos en la bondadosa conexión entre nosotros, con la fe, con Dios, pero sobre todo con José Gregorio Hernández que era nuestro mediador invisible, la esperanza de vida y también la mejor manera de arrancar el sufrimiento, “ya los cuerpos se van desgastando y lo que nosotros tenemos, es cosas de viejos” replicaba.

Entonces José Gregorio Hernández se convirtió en nuestro cómplice y así como le pedíamos también se lo devolvíamos con la llama de la vela, con la luz sagrada en su mirada de mujer sabia que se fundía con afecto, sufrimiento y revuelo. “Si nos da tiempo por la tarde hacemos otra oración”, no dudaba en proponerlo.

Hoy el Papa León XIV en la Plaza de la Basílica del Vaticano le dieron el título de Santas y Santos a varios beatos y beatas, y entre ellos al Dr. José Gregorio Hernández. Creo que mi mamá no le hablaba como beato sino ya como un santo desde hace tiempo, figura que me regaló y me traje en una pequeña estatua de vidrio, y fue a ese santo milagroso a quien se la entregué cuando nos abrazamos en la sala del apartamento y nos despedimos. El santo de pueblo, el santo venezolano, el santo científico, el santo sincrético. Ese mismo santo a quien le pedíamos sanación y destino.

Me queda como esa necesaria e inacabable conversación con José Gregorio Hernández, al igual que con mi mamá. Hoy lo celebramos desde el profundo corazón de una tierra santificada en un día que se vuelve recuerdo que no se acaba; memoria que termina siendo un punto de encuentro en la olla del agua hirviendo antes de colar el café, “hay que sentarse Luis Manuel, porque vamos a pedirle hoy a José Gregorio Hernández, por el bien de la humanidad”.

Luis Manuel Pimentel es de nacionalidad venezolana. Es escritor, editor y docente con formación en Letras por la ULA y magister en Literatura Iberoamericana. Actualmente residen en A Coruña, España.