_ Central, la 762 se reporta desde punto Bravo. Sin novedad. Buena tarde y provecho, Margarita. – Comuniqué por la radio e hice una anotación en mi libreta. Estática. “10-4, 762. Buena tarde, Pérez, Martínez. Buen provecho”, me respondieron por radio y volví a tomar nota.
_ ¿Qué? ¿No traes hambre? – Espetó mi veterano compañero desde el asiento de atrás instantes antes de dirigir una amplia mordida a la torta cubana que se le desparramaba entre las manos. – Se te va a enfriar. – Dijo mientras masticaba y señalando con la mirada la torta dentro de una bolsa de papel estraza que reposaba sobre el tablero del vehículo.
_ ¿Entonces… las mejores de la ciudad? – Pregunté mientras me estiraba desde el asiento del copiloto para alcanzar la bolsa.
_ La mejores de la ruta de hoy. Cuando llevas tantos años como yo en la fuerza, adquieres el conocimiento, la experiencia, de la calle: dónde comer, dónde beber, dónde cojear… – Hizo énfasis en “beber”, dándole un trago a su refresco de cola y “cojear”, mordiéndose un labio y guiñando el ojo. – Y dónde se pasa sin ver. – Y le dio otra mordida a su torta.
_ ¿Pasar sin ver? – Pregunté extrañado, tanto por lo que decía como por la grasa que escurría de la torta a la que acababa de dar la primera mordida.
_ Las ciudades concentran lo peor de las personas; créeme, lo he visto. Hay cosas que no deseas ver. Y lo mejor para un pollo como tú es que no las veas y si las ves, olvidarlas completamente, con excepción del lugar. Es importante acordarse de los lugares y más evitar algunos. – Respondió con naturalidad y aires de sabiduría superior.
_ No nos toca decidir lo que nos toca ver. Cuando la población peligra, debemos atender la emergencia. – Y di otra mordida; pensaba en dar varias hasta concluir irrefutablemente que era un asco de platillo, de todas formas tenía mucha hambre y le tocaba a Pérez invitar la comida; por lo que él eligió. – Definitivamente, no son las mejores de la ciudad. – Se me escapó al saborear la segunda mordida.
_ Con los años irás entendiendo y desearás haber seguido mis consejos. Y Don Tony es una autoridad en materia de tortas; no sabes lo que dices. Pero, te concedo que no son las mejores de la ciudad, esas están en otra ruta. – Él ya iba a más de una mitad de la torta.
_ Servimos a la ciudadanía; obviamente, no es un trabajo “bonito” ni “agradable”. Mucho de nuestro trabajo tiene que ser “feo”, “difícil”; por eso nadie más lo quiere hacer. –
_ Nadie más lo quiere hacer porque pagan una mierda para lo que exigen.
_ Se trata de un deber y una vocación. El sueldo siempre puede mejorar y no hay que dejar de exigirlo, pero siempre hay que hacer bien el trabajo porque es un deber. –
_ No sabes de qué hablas. – Respondió muy serio y viéndome a través de la reja que dividía los asientos delanteros de la parte trasera de la patrulla, pude ver el brillo de sus pequeños ojos verdes, contrastantes con sus morenas y regordetas mejillas, clavándose en los míos. – Tan sólo hace unos meses, mataron a unos policías en Puebla y resulta que no hay seguro de vida para ellos. El gobierno no les dio un quinto a sus familias, que perdieron a su fuente de ingresos, a su padre y a su esposo. Y murieron en la refriega con los criminales. Yo no he visto que nuestros compañeros se recuperen en camas de hospital como El Ángel o Dinamarqués o como su chingada madre se llame el de moda. Si llegan a recuperarse es en pasillos de hospitales que se caen a pedazos. Y aparte estoy yo que me muero si dejo de trabajar.
_ O madre y esposa. – Precisé
Pérez se sintió contrariado, pero extrañado. Me miraba con coraje, pero sin motivos para exaltarse más.
_ Podría ser que los policías que mueren en refriegas sean mujeres o personas que se identifican con otro rol de género diferente al hombre heterosexual cisgénero, en todo caso. – Agregué. Me miró con mayor incomprensión y quemando con la mirada la reja que dividía en dos la patrulla. – Mira, entiendo lo que dices y sí tienes razón en que se ha dejado abandonado al cuerpo policiaco del país. Pero, insisto en que alguien tiene que hacerlo. Yo sí me creo lo que nuestros uniformes, este sexenio (hice énfasis), dicen: “deber y servir”; no tomé el trabajo por el sueldo, que Dios sabe lo precario, sino por la oportunidad de proteger y servir, para hacer sentir orgullosas a mi hija y mi esposa. Y en este tiempo de incertidumbre y violencia, puedo tener esperanza en creer que trabajo para un México mejor para mi hija y los que vengan detrás. Si los buenos no damos un paso al frente, ganan los malos.
_ ¿Cómo se llaman? ¿Cómo se llama tu esposa e hija? – Preguntó.
_ Tania y Esmeralda. Ellas son mi motivo. Actualmente, cuando ves pasar con urgencia a un policía, no distingues si corre del peligro o hacia él; por ende, tampoco sabes hacia donde correr para resguardarte. Quiero que eso sea claro para el tiempo de que deje esta tierra en unos años, por la generación de mi hija. – Respondí al tiempo que le enseñaba una foto que llevaba en mi cartera.
_ Eres un novato ingenuo. Bonito discurso; nada más faltaba que te pusieras a hablar del “honor”, como antier. – Dijo al tiempo de hacer bolita la envoltura de la torta y tirar todo desperdicio en la bolsa de papel estraza en la que originalmente nos entregaron la torta a cada uno. – Me estaba encabronando, pero me acordé de que eres un joven pendejo e idealista. Y lo eres porque a ellas les valdría un carajo toda la perorata que te echaste y preferirían que regresaras vivo a casa; es más, estoy seguro de que a tu mujer le encantaría que te dejaras de esas mamadas y siempre regresaras a casa, cosa que puedes lograr si le haces caso a “Mi-guelito”. – Dijo señalando su voluminoso vientre. – Eres muy joven, novato, ingenuo para entender a quién sirves y a quién proteges. ¿qué son esas mamadas de “proteger y servir”? Es lo que ponen en nuestros uniformes los políticos para motivarnos, en lugar de darnos un plan dental digno o la promesa que nuestras familias comerán al día siguiente de que comamos plomo. Deja que los demás se sirvan y sírvete con la cuchara gorda cuando te toque. O dejarás solas a Tatiana y Estefanía. –
_ Esmeralda. – Le corregí, con ligero enojo. Me contuve. – ¿y tú que vas a saber?
_ Lo suficiente para sobrevivir tantos años con este uniforme. No eres el primer mocoso que me viene a poner en cara sus altos ideales; seguramente, no serás el último. Pero, pregúntate: ¿Qué pasó con los que había visto antes?
_ ¿Qué pasó?
_ No pudieron con lo que vieron. – Respondió desviando la mirada.
_ Lo que pasa es que me quieres desmotivar; además, con la llegada del gobernador Fernández del bandocolorado, las cosas van a cambiar.
__ Sí eres joven, ingenuo y estúpido. Ningún político se interesa en ti ni en los ideales que pregona. Haces mal en depositar tu confianza en alguien al que no le importas. Tan sólo mira la patrulla, si nos la cambian en 4 años será mucho y dependerá de que no me dejes en mal con Margarita, la de la central. Hasta hay novatos como tú a los que les cobran para asignarles patrulla; no más tú estás asignado a esta porque eres “recomendado”. ¿Sabes siquiera si tu pistola dispara? Yo ni tengo balas; mira, puras pilas en el cinturón porque no alcanza para dar balas a todos.
Otros dos vehículos pasaron a toda prisa por la vía en sentido contrario al que estaba estacionado la patrulla. Parecía una persecución. El primero iba tocando el claxon y prendiendo las luces; parecía que nos llegó a ver. El segundo trataba de alcanzarlos sin tanto ruido y notoriedad.
_ Parece una persecución. ¿Será un secuestro? Daré aviso. – Iba a tomar el radio y mi libreta de notas.
_ No, espera; no sabemos de qué se trate.
_ Tienes razón, toma el volante y maneja. _ No, no sabemos que vimos.
_ Me pareció ver un arma en el segundo vehículo.
_ ¿A esa velocidad? No digas… espera, están tomando el retorno.
Efectivamente, estaban volviendo; logré ver el giro por el espejo retrovisor. Y escuché un balazo. Era una persecución. Me empezó a dar miedo y noté dos cosas: no estaba listo para probar mi argumento y estaba casi seguro de que había visto un arma larga que se asomaba por una ventana cuando pasaron la primera vez. Me paralicé unos instantes y olvidé comunicar por radio la situación.
El primer coche siguió tocando el claxon y se colocó exactamente detrás de la patrulla. Delante de ellos y a la altura de la patrulla, llegaron los sicarios, tratando de bloquearles el paso. Bajaron varios hombres del segundo vehículo, traían armas largas.
Gritaban, todos gritaban. Los primeros, con miedo, trataban de llamar nuestra atención. Los segundos gritaban que los primeros se bajaran del vehículo. Nosotros nos contrariábamos.
_ ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? Baja a ver o mejor ya pásate al frente y vámonos. – Le dije nervioso, casi hiperventilándome.
_ Pinche preparación barata de la generación de cristal. ¡Me lleva! ¡Cállate! Deja veo. Quizá ni nos han visto.
“¡POLICÍA!¡POLICÍA!” “Jorge, no van a hacer nada; vámonos; ¡ATROPÉLLALO!”
_ Sí nos vieron. – Le dije. – ¿Qué hacemos escondiéndonos? – Me levanté para salir, sintiendo que cada fibra de mi cuerpo pesaba más.
_ Espera, yo voy. Eres un mocoso pendejo.
Salió de la patrulla. Los maleantes se percataron de nuestra presencia, pero ni se inmutaron y siguieron aproximándose al vehículo que tenían acorralando y empezando a echarse en reversa. El instante de valor le valió pocos segundos a mi compañero fuera de la patrulla. Giró incómodamente y se dirigió al asiento de adelante. Alcanzó la manija de la puerta delantera, cuando el coche víctima pasó a toda velocidad, embistiendo a los maleantes y rosando por poco a Pérez, quien se pegó al auto todo lo que le permitió su enorme barriga para evitar ser arrollado.
Los maleantes empezaron a disparar al tiempo que maniobraban para reanudar la persecución. El último en subir al vehículo le dijo a mi compañero: “tranquilo, abuelito; tenemos códigos y los de este lado no matamos viejitos, pa´que no se me ponga nervioso a la próxima, que ya tiró su refresco”.
Mi compañero se subió con una gran mancha en los pantalones.
_ Ya te habías acabado tu refresco. – Le dije cuando colocó sus manos finalmente en el volante.
_ Olvídate de estas tortas. Olvídate de esto. Y acuérdate del lugar. – Tomó el radio al tiempo que iniciaba la marcha. – Central, la 762 va camino al centro, sin novedad.
Visto desde otra perspectiva:
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Hiram A. Cervantes, Escritor y litigante mexicano





























