Por Salvador Calva Morales
En este instante casi suspendido ignoro su nombre,
y, sin embargo, su presencia gravita en mi memoria
como un destello improbable que se rehúsa a desvanecerse.
No adivino lo que pasará;
apenas recojo los ecos de un suceso mínimo
que ahora se vuelve vasto en mi conciencia.
Fue, en apariencia, una escena cotidiana:
mi voz vertida ante jóvenes hombres y mujeres
ávidos de ideas y de palabras,
de algún fulgor prestado.
Al concluir, como es costumbre, se acercaron;
ella, timorata y decidida,
vino a buscar en mis ojos
una certidumbre que quizá no poseo.
Había murmullos, risas encendidas,
un leve cuchicheo que orbitaba mi figura,
como si en esas páginas de la revista
—las de mis ochenta y dos años—
residiera algún misterio digno de ser tocado.
Mis fotografías… quizá.
Los nombres de los artículos… tal vez.
Pero ella dijo que tenían algo,
y ese “algo” bastó para convocar cercanía.
Fue ella, singular entre el conjunto,
quien quebró la distancia con una audacia serena;
quien, sin titubeo, se instaló a mi lado
y tejió con palabras un puente inmediato.
Pidió mi número telefónico
como quien no pide,
como quien ya sabe
que el gesto será concedido.
No me es ajeno este teatro de encuentros
ni la curiosidad que a veces despierta mi historia;
pero hoy, extrañamente, el matiz ha sido otro.
En ella había inteligencia, lectura y hondura…
una claridad que no se improvisa
y que deja en el aire preguntas más que certezas.
Insisto —y en ello habita mi desvelo—:
no adivino lo que pasará.
Solo sé que algo inadvertido y preciso ha sido sembrado,
y que su recuerdo, aún sin nombre,
late con una elegancia persistente
en el territorio incierto de lo posible,
como una semilla de destino aguardando su hora en la penumbra del porvenir.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























