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Todos somos todos

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Imagen auspiciada por PIXABAY, proporcionada por Broesis

Hoy más que nunca la humanidad enfrenta grandes desafíos. Al atravesar por desequilibrios globales como la persistencia del desempleo, el aumento de la contaminación, la inestabilidad en la economía, los trastornos en la salud, entre otros; por lo que se hace necesario comenzar por transformar algunos hábitos de la sociedad egocéntrica, materialista y corrupta que hemos construido. Es decir, renacer en una sociedad cooperativa, solidaria y compasiva.

Para ello necesitamos urgentemente una nueva percepción del mundo. Una percepción que incida tanto en la sociedad en sí misma como en las ciencias del conocimiento que hacen posible dicha percepción. En la práctica, se trata de crear un cumulo de relaciones como parte de un proceso integral; un conglomerado que no se aferre a la posesión y a la desigualdad, y en el que ninguna de las partes sea más importante que otra.

La visión budista habla de la interdependencia, donde todas las cosas coexisten en relación mutua, donde todos los seres formamos una red interconectada, un tejido donde en cada nudo hay una piedra preciosa: un ser humano cuya experiencia se refleja e ilumina a todas las demás.

Conforme abrimos nuestra conciencia, observamos y experimentamos la interconexión, nos damos cuenta de que todas las cosas están unidas y condicionadas en un origen interdependiente. Nuestro cuerpo se ha desarrollado a partir del material celular proporcionado por nuestros padres biológicos; sin ellos, no habríamos llegado a existir. Los pulmones deben operar en intima conexión con el resto del sistema respiratorio: el corazón, el riñón y el resto de los órganos, todos actuando en forma interdependiente.

Cada experiencia y suceso los contiene a todos. Un maestro depende del aula y de los estudiantes; un piloto depende del avión y del cielo, y así sucesivamente.

La interdependencia no es una mera teoría o una filosofía interesante; tiene un impacto directo en nuestras vidas a diario, a cada momento. Y, a su vez, los mundos internos que nos dan sentido interactúan con condiciones externas, y así es como se modela el mundo que nos rodea.

Como resulta obvio, todo lo que existe es una condición que afecta a otras, y a la vez también se ve afectada por ellas. Vivimos en una vasta y compleja red de causalidades. Por lo tanto, nuestras acciones afectan a otros inevitablemente y pueden contribuir a su bienestar o afectarlas de manera adversa. Y si esto es así, ¿qué podemos decir de nuestra felicidad o nuestro sufrimiento? Que están íntimamente conectados con la felicidad y el sufrimiento de los demás. Son inseparables.

Cada vez que nos vestimos o disfrutamos de una taza de café o de un alimento, estamos ante una muestra clara de interdependencia, pues todo ello ha sido preparado por otros, directa o indirectamente.

Los demás forman parte de ti, igual que tú eres parte de ellos. Existes en relación con los demás.

Ser conscientes de la interconexión y la inseparabilidad, de la propia vida en relación con la de los semejantes, ayuda a poner fin a actitudes discriminatorias y a comportamientos destructivos, tanto hacia los demás como hacia el entorno natural.

Para sentir verdaderamente la interdependencia, necesitamos un cambio genuino de actitud. Cuando esta comprensión de la interconexión se traslada de la cabeza al corazón y se pone en práctica, nuestras vidas se tornan totalmente efectivas y fructíferas.

El elemento de la interdependencia es parte integral de todas las relaciones en las que estamos inmersos. El hecho de reconocerlo implica que yo y el otro no estamos esencialmente separados, ni a nivel individual ni a nivel social. La elección no reside en estar o no interconectados, sino en cómo vivimos nuestras relaciones.

Cuando nos experimentamos como interconectados de mil maneras con los demás, contamos con muchas opciones acerca de cómo podemos relacionarnos. Y, por el contrario, adoptar el individualismo como camino en la vida nos lleva a estar comparando nuestra situación personal con la de otros individuos como si fuéramos entidades separadas, y esto es la base del egocentrismo.

Somos, siempre hemos sido, interdependientes, pero en este siglo XXI la tecnología de las comunicaciones nos ha permitido visibilizar este aspecto de nuestra existencia. Las vidas interconectadas no solo se modelan por condiciones materiales, sino también por los estados emocionales. Todo indica que la capacidad de experimentar la genuina cercanía es un potencial innato de los seres humanos.

Reflexionar sobre la interdependencia y entrenarnos conscientemente para identificarla operando en nuestras vidas, nos permite cultivar una conciencia de la presencia de los demás como parte de nosotros mismos.

Bibliografía: Interconectados, Ogyen Trinley Dorje, Editorial Kairós.


Dany Dharma, Instructor de meditación, coach de vida y escritor