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«Y un día cualquiera», de María Yolanda Reséndiz

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Este texto propone una lectura del vacío y la libertad en la poesía femenina a partir del poema «Y un día cualquiera».

Por: BrendaCarol Morales

Nuevamente traigo a ustedes un poema escrito por una mujer. No podía ser menos en este mes en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Pero quiero hacerlo no desde la visión romantizada de mujer-madre o mujer-santa que todavía se nos intenta vender.  Desde esa perspectiva limitada, se conmina a que la mujer viva y se realice únicamente en ese pequeño aspecto de su ser. Sin embargo, aunque la maternidad puede ser maravillosa, no lo es todo.

Nuestra vida es mucho más compleja. Está hecha de preguntas, de búsquedas y de respuestas que a veces no llegan. En el planteamiento de estas interrogantes comienza la posibilidad de desprendernos de los roles en los que la sociedad pretende encasillarnos. No importa si no hay certezas. El trayecto por sí mismo ya es una forma de respuesta.

Por ello, esta semana comparto el poema Y un día cualquiera, de María Yolanda Reséndiz Serna, tomado de la VI Antología Internacional de Poesía SabersinFin . La autora nació en 1968 en México. Es licenciada en Derecho por la UNAM y ha incursionado en el cuento corto y en la minificción, participando en diversos talleres literarios y compilaciones literarias.

«Y un día cualquiera»

Por: María Yolanda Reséndiz Serna

Y un día cualquiera, abres los ojos,
escuchas el llamado de la vida,
sientes fluir las ideas en tu mente,
cual salvia virgen, estática.
Y un día cualquiera eres inmaculada hoja en blanco.
Te preguntas:
¿Cómo me lleno? ¿Qué hago con ella?
La respuesta es un generoso silencio.
Y un día cualquiera, tu corazón perseverante late
tranquilo, sereno, para luego desbocarse.
Cuestionas: ¿Quién está ahí?
Vives el vacío como respuesta.
Y un día cualquiera, miras tus manos,
quietas, vacías.
¿Qué hacer con ellas?
No hay respuesta.
Y un día cualquiera, ya no más.
Tus pies se detienen en espera.
¿Cuál camino seguir?
Estás al final de la senda.
Y un día cualquiera, sin darte cuenta,
el tiempo detiene los engranajes, se disuelve la prisa,
y entonces, solo entonces,
abrazas la libertad.

El poema está escrito en verso libre. La disposición de los versos es fragmentada; se combinan versos cortos con otros de mayor extensión, preguntas y silencios. No tiene estrofas marcadas tipográficamente. Estas se perciben a partir de la anáfora que también da nombre al poema: «Y un día cualquiera». Esta repetición establece el ritmo interno, crea el sentido de repetición existencial y marca una progresión de estados internos. Además, sugiere que lo extraordinario surge de lo cotidiano.

La voz en segunda persona implícita (tú) genera un tono meditativo que invita al lector a reconocerse en las preguntas que plantea el poema.

En un primer momento, como por casualidad y sin mayor esfuerzo, se presenta el despertar de la vida con potencia y claridad de la razón de ser. Se siente el llamado de la vida y el fluir de las ideas. Sin embargo, aparece la primera tensión. Se compara el fluir de ideas con la salvia virgen, una planta utilizada para sanación y, además, tiene unas flores que, con ser muy sencillas, atraen a colibríes y mariposas ––animales símbolos de transformación, energía positiva y, específicamente el colibrí, de la conexión con lo divino––, pero al mismo tiempo se describe como estático. Hay potencial, pero no movimiento.

Luego surge la imagen de la «hoja en blanco», la cual encarna la posibilidad de ser. Con todo y tener la capacidad de ser lo que quieras, esa libertad no está exenta de angustia y de dudas. La libertad no es plenitud; al contrario, se revela como incertidumbre. Las preguntas que emergen son existenciales. ¿Cómo darle sentido a la vida?, ¿qué hacer con una vida en la que tienes a tu alcance todos los caminos?, ¿cómo elegir si no sabes cuál es el tuyo? En este punto, todavía se espera una respuesta externa. Lo que llega es el silencio.

Más adelante, se plantea cómo lo inesperado puede interrumpir la aparente calma. El corazón ––símbolo de lo vital y lo afectivo–– pierde el control y se desborda. Si bien no se aclara si se refiere al amor, una crisis o un despertar existencial, el poema introduce la búsqueda del otro. Nuevamente no hay certezas. Hay silencio y vacío que debe vivirse. El vacío se resignifica, no como carencia sino como una experiencia necesaria para encontrarnos. Se cuestiona aquí una idea profundamente arraigada: la mujer se realiza únicamente en función de otro, ya sea como pareaja, madre o cuidadora. Sin embargo, el otro no basta para completarnos. En esencia, se trata de una búsqueda propia cuya respuesta no se encuentra afuera.

Las manos, símbolo de acción, poder, y afecto, aparecen inertes. Tradicionalmente, las manos de las mujeres han sido asociadas con el cuidado y el trabajo doméstico. Más reciente, el rol de supermujer activa —tanto en el mundo laboral como en el hogar—, no da espacio para la quietud. No saber qué hacer con las manos parece una renuncia a roles heredados. Con todo y lo angustiante de no tener respuestas, se abre, paradójicamente, la posibilidad de redefinir el sentido.

Más adelante, los pies se detienen, dudan al no saber qué camino seguir. El poema sugiere la llegada a un límite. Este momento puede interpretarse como una crisis vital, un punto de quiebre o incluso, una muerte simbólica o real. Ciertamente, no toda muerte simbólica es negativa. Muchas veces es un paso necesario para darle un nuevo propósito a la vida.

¿Cuántas veces hemos transitado caminos sin estar seguras de si es o no la vida que deseamos vivir? «Morirse», en este sentido, puede ser detenerse, cuestionar, elegir de nuevo o darnos cuenta que, pese a nuestras indecisiones, la mejor vida es, simplemente, la que vivimos.

El cierre del poema es particularmente revelador. Ocurre como por casualidad, casi sin darse cuenta. Cuando se deja de perseguir la lógica productiva y lineal ––la imagen de los engranajes es muy potente––, y cesa la búsqueda desesperada de respuestas externas para aceptar el vacío, emerge la libertad.

No es una libertad basada en certezas, sino en la aceptación de quienes somos y por qué no, de querernos tal cual somos, sin la necesidad de aprobación externa.

El poema, pues, recorre distintos estados: el despertar, la conciencia del vacío, el cuestionamiento, la suspensión de la acción, la aceptación del camino y, finalmente, la libertad. Esta no consiste en saber qué hacer con la vida, sino en aceptar que no siempre hay respuestas —y que cuando las hay, no provienen de la otredad—. El vacío y la falta de respuesta no son el enemigo, sino el umbral desde el cual comenzamos a conocernos.

BrendaCarol Morales

Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura; exbecaria de la RAE. Curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Antes, redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, miembro del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.