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Variaciones sobre el verbo y su silencio.

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Foto: Ernie A. Stephens en Unsplash.com

Por Enrique Canchola Martínez

Cántico del Silencio Original
En lo no dicho mora lo infinito,
sin nombre danza el centro verdadero,
un pulso sin latido, un dios proscrito
que sueña mundos en su destierro.

La voz no nace, más el mundo gira;
el verbo duerme, y sin embargo ordena.
No hay eco, pero hay ley, hay luz, hay ira
en su quietud más honda y más serena.

Allí donde no hay tiempo ni distancia,
una semilla flota sin destino:
nada la toca, pero su fragancia
crea galaxias desde lo divino.

¿Quién intuyó primero aquella fuente
sin causa, sin figura, sin motivo?
Sólo el silencio, oráculo silente,
habla a quien calla y escucha su alarido.

Ni dios ni hombre, ni forma ni sentido,
solo un fulgor que anida en lo invisible,
una conciencia pura, sin vestido,
anterior al pensar, irreductible.

Y yo, formado de sombras estrelladas,
buscando en los nombres la certeza,
recuerdo que en las pausas encantadas
se esconde la verdad más verdadera.

En el silencio nace la evidencia,
voz sin sonido, sombra sin figura,
fulcro sutil de austera consistencia
que da sustancia a toda arquitectura.

La pausa es cuna de la trascendencia,
el paréntesis guarda la armadura
de un verbo oculto en pura transparencia
que alumbra el mundo con su quemadura.

No hay cuerpo, pero hay peso. Hay geometría
en el gesto del aire que no toca,
y un grito quieto que la mente guía.

Así se escribe lo que no se evoca:
con tinta muda, luz de melodía
que en lo callado ardientemente choca.

Enrique Canchola Martínez