Por Abel Pérez Rojas
Amarillentas, como un sol antiguo filtrado en la hojarasca,
así se despliegan las fronteras invisibles:
la línea que separa el set del mundo real,
la sala de espera del umbral íntimo,
el adentro que solo se revela a quien sabe mirar.
En esa franja sutil —casi un respiro entre nubes—
me pienso, me reúno, me cruzo.
Pongo un pie, luego el otro, con la cautela
de quien camina sobre memoria dormida,
sobre melodías que envejecen sin marchitarse.
Entro en los territorios de la poesía añeja,
allí donde los versos maduran como frutos ocultos,
donde cada palabra ha sobrevivido a su propio pasado
y guarda, en el pliegue de sus sílabas,
la sintonía de una verdad que nunca caduca.
Con reverencia escucho las voces antiguas,
brotan del papel como lápidas vivas,
piedras sagradas que hablan bajo la sombra del tiempo.
Son altavoces de lo eterno, susurros que enseñan
la forma en que el espíritu se rehace al olvido.
Vibra, solo para mí, en el silencio aliado
ese arrojo lírico que atraviesa décadas
y vuelve a encender lo que parece apagado.
Entre ruinas luminosas y páginas que respiran,
descubro que la poesía también es un modo de perdurar.
Amarillenta, como un sol antiguo filtrado,
la buena poesía sigue tan viva como ayer.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta
































