Por Miguel Ángel Martínez Barradas
Cuando se trata de pensar en quiénes somos, generalmente lo hacemos de adentro hacia afuera. Pensamos que lo que somos reside en nuestros pensamientos, en nuestras emociones, en nuestra corporalidad y que nuestra relación con el mundo es siempre elegida. Conducirnos de esta manera es común, pero al mismo tiempo representa un error, pues impide que seamos conscientes de lo mucho que nuestro entorno influye en nosotros y que si somos alguien, no es por libre albedrío, sino por imposiciones externas.
La felicidad, entendida como la conquista del “éxito” y la satisfacción de los deseos, es un ideal común; difícilmente alguien se impondrá como objetivo de su existencia la entrega a la tristeza, incluso quienes se entregan al victimismo encuentran cierto placer en ello. Sin embargo, un error con el que solemos tropezar repetidamente es creer que somos nosotros el único factor determinante en la adquisición de la felicidad, dejando de lado nuestra relación con los demás.
Lo que somos en este preciso momento, aunque no podamos definirlo con claridad, es debido a la interacción que hemos establecido con los círculos sociales que hemos elegido como los más cercanos, esto significa que si vamos a alcanzar la felicidad, el “éxito”, la fama, la riqueza, el bienestar, etcétera, será gracias a las puertas que quienes nos rodean estén dispuestos a abrir para nosotros. La experiencia humana no es más que un entramado de voluntades que pueden tanto elevarnos como hundirnos. De lo anterior deducimos que así como el contacto con los otros pueden reivindicarnos, también puede arruinarnos, llevándonos a estados de miseria.
Es cierto, en parte, que somos resultado de nuestras circunstancias y de lo que otros hicieron con nosotros, sin embargo, no podemos deslindarnos de la responsabilidad que nos corresponde. Y es que si bien no elegimos en dónde nacer, ni con qué familia criarnos, si podemos seleccionar a las personas que nos acompañarán como amistades, incluso como pareja emocional–afectiva. No elegimos del todo el lugar ni a las personas de nuestra infancia y juventud, pero sí las que formarán parte de nuestra vida adulta, de tal suerte que si hoy no tenemos ni somos lo que habíamos imaginado, puede deberse a que nos hemos acercado a las personas equivocadas.

Definir cómo imaginamos nuestro futuro es importante para tener claro el tipo de personas con las que debemos aliarnos. Si buscamos la riqueza económica, debemos acercarnos a quienes viven para trabajar; si buscamos la paz mental, debemos acercarnos a quienes se inclinan por la introspección; si anhelamos la fuerza física, entonces no habrá mejor compañía que los deportistas, y así sucesivamente. De ninguna manera se plantea que la relación con los demás debe estar motivada por el mero interés, aunque siempre hay algo en el otro que nos interesa, pero lo que es un hecho es que tampoco podemos depositar nuestra confianza en el otro únicamente a partir de las emociones que nos despierta, pues la razón es igual de importante para alcanzar el desarrollo pleno.
Tenemos algunas frases populares que nos recuerdan la importancia de nuestras relaciones interpersonales: “El que con lobos anda, a aullar se enseña”; o también: “Dime con quién andas, y te diré quién eres”. Estas sentencias las hemos escuchado desde siempre, pero cuántas veces nos hemos detenido a reflexionar sobre las personas de las que nos rodeamos. Lo que somos es reflejo de lo que son las personas más cercanas a nosotros. Si esas personas tienen vicios, seremos viciosos. Si esas personas buscan la superación profesional, no nos conformaremos con lo que tenemos, sino que iremos por más; si esas personas tienen facultades de liderazgo, procuraremos incidir positivamente en quienes nos siguen, pues no debemos olvidar que así como los demás influyen en nosotros, nosotros lo hacemos también en otros más, de tal suerte que no está de más pensar en qué tipo de ejemplo queremos proyectar con nuestros pensamientos, palabras y acciones. Los escritores Denís García y Mario Muñoz, en su obra Cómo dejar de desperdiciar tu vida, explican en estos términos nuestra relación con los demás:
«Nuestro entorno influye en nosotros, sin embargo el factor que destaca más son las personas con las que pasamos más tiempo. Creemos que tomamos decisiones únicamente bajo nuestro propio criterio, pero la realidad es que gran parte de ellas están determinadas por quienes nos rodean. Desde la infancia replicamos lo que vemos y vivimos. Cuando crecemos, cambiamos comportamientos para encajar en ciertos grupos sociales. Esa aceptación nos da una sensación de seguridad, pero también condiciona nuestras decisiones. Nuestro círculo social cambia y podría ser que no nos impulse hacia la mejora, sino hacia la mediocridad. Aceptar que nuestro entorno más cercano puede estar moldeando la trayectoria de nuestra vida es duro, pero necesario. Por eso, el círculo social es un arma de doble filo: puede convertirse en nuestra bendición o en nuestra condena. Somos el promedio de las cinco personas con las que pasamos más tiempo. En la vida encontraremos tres tipos de personas: hoja, rama y raíz. Las primeras se van cuando sopla un poco de viento; es mejor evitarlas. Las segundas se rompen cuando la situación se pone difícil; hay que tener cuidado con ellas. Las terceras permanecen en nuestros peores momentos y nos sostienen; esas son las que debemos cuidar.»
Si lo que somos se debe a nuestra relación con los otros, no está de más reflexionar en quiénes son esas personas cercanas que nos determinan. Cambiar lo que somos va más allá de la simple voluntad, también implica seleccionar a quienes nos rodean, pues de su motivación o apatía dependerá la gracia o desdicha de nuestro día a día. Personas hoja, rama o raíz, unas se van, otras se quiebran y pocas se quedan; elijamos lo que somos a partir de quienes nos rodean.
Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
































