
Semana a semana trabajan largas jornadas bajo un sol “raja piedra”. Con cemento, polvo y bloques construyen bonitas casas para los ricos y austeros dormitorios para la clase trabajadora, en una ciudad blanca, pero hostil.
De mirada melancólica y conversación ruidosa, estos hombres mayas abordan la vagoneta que los llevará al pueblo. Es sábado por la tarde y hay que regresar para convivir con la familia al menos unas horas.
Con la complicidad del chofer, los cansados pero contentos pasajeros, se abastecen de un buen número de latas de cerveza que, como si se tratara de una competencia, serán consumidas con apuración durante el viaje a casa.
El aroma a cerveza derramada, orines y sudor inunda la vagoneta, la suela de las sandalias se pega al piso con una mezcla de espuma de cerveza, lodo y escupitajos; las latas vacías rebotan de aquí para allá al compás de la música tropical que el chofer a puesto a todo volumen.
Hace mucho calor, siento que me ahogo. Algunos hombres bromean y ríen; otros solo descansan, la mayoría bebe sin pausa. De pronto no entiendo lo que está sucediendo, la música me aturde, solo escucho carcajadas y entiendo algunas palabras en maya. Tengo emociones encontradas: el viaje no esta siendo muy cómodo, pero al mismo tiempo, desearía que alguno de ellos me invitara una cerveza bien fría y me incluyeran en su improvisada fiesta, pero eso no va a pasar, los hombres me ven con cierta indiferencia o quizás desconfianza. Es sábado y los hombres de la comunidad regresan a casa.
Es sábado y para estos hombres se impone comer bien al menos un día, fumar marihuana, consumir cristal, beber y beber más, quizás para olvidar que en unas horas nuevamente tendrán que dejar a la amada esposa, a la madre anciana, a los hijos, a los hermanos, a los amigos, a sus enfermos y a sus muertos para viajar de madrugada a una ciudad de contrastes y desigualdad, a volver a comer frijoles de lata con tortillas duras y a mal dormir entre polvo y bolsas vacías de cemento.
Es sábado y ellos son importantes. El arribo de estos hombres de rostros enrojecidos y cocidos por el sol, representa para sus familias poder comprar la medicina para la abuela, la libreta para el niño, el vestido para quinceañera, la pizza o el pastel de cumpleaños. Es sábado, hay dinero y está reunida la familia, ¿acaso hay algo más importante que esto?.
Ya es de noche cuando la vagoneta arriba a Yaxcabá. Todos estamos algo cansados y adormilados. Pesadamente descendemos del transporte. Decido permanecer unos minutos en el parque, desde ahí observo a los hombres alejarse a sus casas, unos caminando, otros a bordo de mototaxis, la mayoría llevando consigo bolsas con regalos, pasteles, útiles escolares, telas, juguetes o fruta.
Es sábado por la noche en Yaxcabá, el parque queda en silencio y yo también me retiro lentamente a casa, a mi sagrado espacio hecho de troncos y palmas en donde me esperan mis perros, mis gatos, mis tortugas, mis peces y mis recuerdos.

Al pensar en el viaje y en estos hombres, me queda claro que a parte de su singular habilidad para beber cerveza; tienen un corazón que no les cabe en el pecho y una inaudita capacidad de amar a su familia y de hacer todo lo posible para que no falte un plato de frijoles en la mesa.
Este amor por su familia les impulsa a regresar cada semana a dejar parte de su vida entre bloques, polvo, cemento y grava para construir lujosas casas para los ricos y sórdidos fraccionamientos para el resto de la gente, en una ciudad blanca que es amable con unos, pero hostil y racista con muchos otros.
Es sábado y los hombres de Yaxcabá regresan al pueblo y eso es muy bueno.
José “Capi” Esparza





























