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Los Tres Astrólogos

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Imagen generada con IA

Por: Nicholas Gutiérrez Pulido

El dragón yacía en la nieve de Saint Bride. La estocada mortal de San Jorge hizo que su sangre corriera bajo las puertas de las tabernas, las cuales mostraban ya una incipiente decoración con bayas rojas. Un regimiento de jóvenes con ropas coloridas celebraba al son de tambores y gaitas, mientras el campesino y el terrateniente departían en la posada.

A lo lejos, en Salisbury Court, un escribano se entregaba a la inspiración nocturna, teniendo como única compañía los sonidos que Londres arrojaba a su ventana. Fue entonces, en el momento de mayor concentración en sus razonamientos, cuando una moza subió a interrumpirlo. Le suplicó que atendiera a tres señores que habían llamado a la puerta. El embajador de Francia había partido con su familia y no había nadie que pudiese representarlo, por lo que el escribano tuvo que acceder a la petición.

Al asomarse a la puerta, vio a tres hombres vestidos a la usanza árabe. Cada uno llevaba ceñida una corona y portaba un cáliz. Sus ropas mostraban rasgaduras y estaban negras por el uso continuado. Uno de ellos tenía la piel oscura como los esclavos traídos de África. Por un momento pensó que se trataba de turcos desembarcados en Londres; quizá nobles caídos en desgracia que buscaban refugio.

Les habló en las lenguas que conocía y solo en griego logró entenderse con ellos. Le explicaron que una estrella los guiaba hacia el lugar de nacimiento del divino redentor para ofrendarle sus presentes. El escribano comprendió entonces que eran astrólogos; sin embargo, cuando uno de ellos se refirió a las estrellas como cuerpos que giraban alrededor de la Tierra, advirtió que seguían el modelo de Claudio Ptolomeo.

El escribano retrocedió y, con una vara, trazó en la nieve dos círculos concéntricos. En el menor de ellos señaló un punto para indicar que la Tierra giraba alrededor del Sol. Luego dibujó otro más grande para marcar el centro y, desde esa posición, trazó una línea larga que rebasaba el perímetro. Para él, el universo era infinito: lo comparaba con un círculo cuyo centro estaba en todas partes y su circunferencia en ninguna. Bajo ninguna forma se trataba de un espacio cerrado. Cuando terminó su exposición, notó que los forasteros se miraban entre sí, confusos.

Ellos solo acertaron a señalar el cielo. Al fijar su atención en la cortina estelar, el escribano distinguió un astro más brillante que los demás. Dirigió su catalejo hacia el extraño cuerpo para observarlo en detalle y advirtió que no se trataba de una estrella común: la lente revelaba un objeto alargado con dos apéndices que salían del centro a manera de alas. No pudo ocultar su sorpresa; esa era la estrella que guiaba a los reyes astrólogos. Ellos le pidieron posada, pero él se excusó de no poder brindársela, utilizando como pretexto la ausencia del embajador y su propia falta de autoridad. Tras despedirse, los viajeros partieron en dirección a Whitehall.

Perplejo, el escribano regresó a su habitación para meditar. Recordó una cita del tomo II de los Apócrifos:

“Durante el viaje, que duró trece días, los magos no tomaron descanso ni alimento; no sintieron necesidad de ello y este periodo les pareció que no había durado más de un día. Cuanto más se acercaban a Belén, más intenso era el brillo de la estrella; esta tenía la forma de un águila volando a través de los aires y agitando sus alas”.

La escena se le hacía familiar. Aquel extraño cuerpo celeste que flotaba en el firmamento debía ser algún ingenio producto de una civilización superior. Caro, Lucrecio y Nicolás de Cusa habían enseñado que en el universo existían otros mundos habitados además del nuestro. Si un almirante genovés había logrado llegar a un nuevo continente hasta entonces desconocido, no sería nada descabellado que los habitantes de las estrellas construyeran carabelas y galeones para surcar el cielo.

Estos pensamientos lo estremecieron al tiempo que experimentaba una repentina iluminación. Fue así como el escribano Giordano Bruno desechó el manuscrito en el que trabajaba e, inspirado, comenzó a redactar el tratado Del infinito universo y los mundos. A lo lejos, el bullicio de los jóvenes londinenses se apagaba lentamente bajo la luz del extraño astro.

Nicholas Gutiérrez Pulido.

Originario de Portland, Oregon. Estados Unidos. Licenciado en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP) y maestro en Comunicación y Diseño Gráfico egresado de la Universidad Iberoamericana (UIA) Unidad Golfo Centro. Participó en el taller literario La Masacre de Cholula con los maestros Pedro Ángel Palou y Frank Loveland. Ha participado en múltiples antologías. Escribe en la revista Filigramma y es integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin.