Por Enrique Canchola Martínez
Me busqué en el reflejo del agua amarga
y encontré un rostro que no era el mío;
era el rostro de todos los hombres,
marcados por la sal de las lágrimas
y el sol de los desiertos compartidos.
Camino sobre la sombra de mis propios versos,
donde el eco no encuentra pared que lo detenga.
Soy el viajero que olvida su equipaje
para cargar solo con el peso de la luz
que se filtra entre los dedos de la tarde.
Se desvanece la carne en el altar del concepto,
y el hueso se vuelve puente hacia lo eterno.
No busques mi nombre en la tinta,
búscame en el espacio vacío que queda
después de que la última palabra haya sido pronunciada.
26 de marzo de 2026





























