Por Enrique Canchola Martínez
Cuando se forman torres de oro fino,
alcanza el hombre la cumbre del sol,
brilla el éxito como el rubí divino
y la fortuna se viste de arrebol.
Pero si el pecho se vuelve de piedra,
y el respeto se pierde en el evento,
la gloria es solo una sorda quimera
que asfixia el alma con su tormento.
¿Qué vale el triunfo si no hay caridad?
¿De qué sirve el éxito sin la humildad?
Son solo sombras de una falsedad,
un eco amargo de pura vanidad.
Aquel que alcanza éxito y no sabe mirar,
al que en el intento se quedó tendido,
solo construye un barco para naufragar,
y vive en un majestuoso palacio de olvido.
No es la riqueza lo que define al hombre,
ni el estrépito fugaz de la victoria,
pues el éxito sin luz no tiene cumbre,
y es solo un espejismo en la memoria.
La fortuna es un flujo, un sinsentido,
que, si no se disfruta con respeto,
se vuelve solo un átomo perdido,
en el vacío de un rincón secreto.
Sin la humildad se vuelve pesadilla,
ante el misterio de la vida misma,
la riqueza no se halla en lo que brilla,
se encuentra en el alma misma.
Y si falta el don de la caridad,
ese puente de amor hacia lo humano,
toda la riqueza es pura vanidad:
es ceniza estéril en la palma de la mano.
8 de febrero de 2026





























